tribuna

Sobre el cinismo y la crueldad

Por Leandro Trujillo Casañas | En los últimos años, muchas personas sienten que la política ha perdido mucho de sus valores. A veces parece un teatro donde unos gritan, otros mienten, o se toman decisiones sin importar a quién se daña. Cada vez es más común ver políticos que saben que mienten, y aun así lo hacen sin vergüenza. Y también vemos cómo se toman medidas que hacen sufrir a la gente, como si ese sufrimiento no contara. Esta mezcla de cinismo y crueldad no es nueva, pero hoy está sobre el escenario público.

Estamos de acuerdo con José Ortega y Gasset cuando advertía del gran peligro que se genera en la ignorancia que distribuye la idea de que lo mejor es que la gente deje de pensar y opte por pasar por la vida sin hacerse preguntas. Hoy, es “pan cotidiano” oír a dirigentes políticos que — desde el púlpito— alzan la voz para prometer lo que no van a cumplir. Entienden —al parecer— que dicen lo que quiere oír la gente confiando en la ausencia del necesario sentido común inteligente, para ello se hace uso de la ambigüedad y la falsedad como recurso normal del juego político.

El problema es que muchos votantes también lo aceptan, diciendo: “Todos los políticos son iguales”. Pues el mencionado pensamiento cínico hace que la gente se retire, se calle o mire para otro lado. Pero como decía Enrique Tierno Galván “la política necesita ciudadanos comprometidos, con ideas claras y deseos de mejorar la Sociedad”. Cuando eso se pierde, qué duda cabe, gana la desconfianza, y se abre la puerta a cualquier abuso.

Aflora —como el Guadiana— algo del todo preocupante que es la crueldad. No solo es la violencia física y el lenguaje vociferante, sino también —cada vez con mayor frecuencia— las actitudes desaprensivas y discursos políticos que dejan fuera a los más débiles, que humillan, recortan derechos, o tratan a algunos colectivos como si no valieran nada. Esto pasa con migrantes, con pobres, con mujeres, con jóvenes sin oportunidades. El historiador George L. Mosse estudió cómo, en el pasado, ciertos gobiernos usaban la crueldad como parte de su poder: no solo gobernaban, sino que hacían daño a propósito para mostrar su fuerza. Hoy, aunque no vivimos en dictaduras, esa lógica sigue presente en muchas políticas: endurecer leyes, recortar ayudas, perseguir al diferente, y todo eso como si fuera algo normal o incluso necesario.

Se está diluyendo —como terrón de azúcar en el agua— algo esencial: la solidaridad, la honestidad, la responsabilidad de guiarnos por el deber ciudadano. Cuando la política se basa solo en el interés, en el insulto o en la amenaza, deja de ser una herramienta para el bien común. Se vuelve un instrumento de poder vacío, sin alma. Ortega y Tierno creían en una política con valores, hecha por personas cultas, críticas, pero también humanas. George L. Mosse —por otra parte— nos advirtió que cuando dejamos de valorar la dignidad del otro, podemos repetir los errores más oscuros de la historia.

Entendemos que lo primero es la resistencia moral para evitar ver como normal que “todo da igual”. Decir la verdad, escuchar, dialogar y cuidar son actos políticos. Recuperar la confianza, la solidaridad y el sentido común también lo son. Frente al cinismo, hace falta honestidad. Frente a la crueldad, hace falta humanidad. Frente al miedo, hace falta coraje para pensar y actuar distinto. No todo está perdido. Pero hay que despertar antes de que la política se convierta solo en espectáculo, ruido y daño.