Durante la noche del 2 al 3 de septiembre de 1492, cuando la expedición de Cristóbal Colón navegaba entre Gran Canaria y La Gomera en su primer viaje hacia lo que luego se llamaría América, observó un fenómeno singular: una gran llama de fuego salía de la aún no conquistada isla de Tenerife.
Así lo dejó registrado en su diario de a bordo y ha llegado a nuestros tiempos, no en su versión original, hoy desaparecida, sino en la transcripción que bastantes años después hiciera fray Bartolomé de las Casas. El texto dice: “Esta noche vieron una gran llama de fuego salir de la montaña de la isla de Tenerife, que es señal de que hay fuego en la tierra”.
Durante siglos, este apunte fue considerado como la prueba de que el propio pico Teide había estado activo a finales del siglo XV. Sin embargo, un grupo de científicos liderados por Juan Carlos Carracedo corrigió esta lectura. En un artículo con enfoque histórico que condensaba varios estudios geológicos y volcanológicos, publicado en 2007 en la revista Geogaceta (n.º 41), demostraron que la erupción que Colón divisó no pertenecía al volcán Teide propiamente dicho, sino a un cono volcánico menor, conocido como Boca Cangrejo, ubicado en la dorsal noroeste de la isla, en el actual término municipal de Santiago del Teide.
Entre las divinidades veneradas por el pueblo guanche, la más temida era Guayota (El Maligno), cuya morada era precisamente Echeyde (el Teide), quien a buen seguro dio bastantes muestras de su ira en forma de lava durante siglos. Pero la cultura ágrafa de los aborígenes tinerfeños no documentó ninguno de estos episodios, siendo el de Colón el primero del que se tiene constancia.
Imagine el lector lo que para un hombre de la mar de finales del siglo XV pudo suponer aquella visión. Gentes supersticiosas que verían un mal augurio de aquel viaje a lo desconocido. Precisamente cuando se habían involucrado en una aventura de incierto resultado, noventa hombres subieron a bordo de tres naves pequeñas, ya maltratadas por el tiempo, muchos de ellos reclutados sin entusiasmo y con más dudas que certezas. Ni más ni menos que dispuestos a abandonar la navegación de cabotaje, que nunca dejaba fuera de la vista la proximidad de las costas, y aventurarse hacia el Mar Tenebroso, en un tipo de travesía que se conocía como “engolfarse”, es decir, adentrarse peligrosamente en el mar alejándose de toda costa visible.
Hasta finales del siglo XV, la mayor parte del conocimiento náutico europeo se basaba en mapas como los portulanos, que solo representaban el Mediterráneo, el norte de África y partes del Atlántico cercano. Por lo tanto, el límite occidental del mundo conocido era más o menos el archipiélago de las Azores o las Canarias. Pero al occidente de estas islas, todo era un océano peligroso, sin tierras próximas conocidas y lleno de mitos náuticos y supersticiones: monstruos marinos, tormentas infernales, islas encantadas que aparecían y desaparecían y, sobre todo, el fin del mundo, aquel abismo por el que se caía cuando el mar llegaba a su fin, pues, aunque desde la Antigüedad se aceptaba la esfericidad del planeta, persistían en el imaginario popular los terrores asociados a un límite físico del mar. Pues añadámosle a la mentalidad del hombre de finales de la Edad Media (Ss. V-XV) un volcán en medio de la última tierra conocida para un cristiano por aquellos momentos. Sin duda, esa gente estaba hecha de otra pasta.
