Por Nicolás Dorta / Un buen día apareció un hombre por la redacción para anunciar que el periodismo, tal y como lo conocíamos, iba a desaparecer. Tenía razón. Se avecinaba, es más, ya estaba aquí, una nueva manera de contar las cosas, y como consecuencia, de hacer nuestro trabajo, que debía pasar por contar las cosas con mayor rapidez y eficacia. Internet había copado el oficio y no nos podíamos quedar atrás. Primero serían los ordenadores y luego los teléfonos, ahora más inteligentes de los que en ese entonces portábamos, los que sustituirían, por decreto, al papel. Pronto tuvimos que ser de todo: fotógrafos, editores y redactores, a tiempo completo, de lo que pasaba en las calles, porque no había segundo que perder, porque la información había que darla, más que sea a cuentagotas, mucho antes de cocinarla, por la tarde, en aquellas mesas, donde los compañeros discutían, comparaban, consultaban, hacían llamadas, y por supuesto, escribían, para que cada historia pudiera salir con cierta garantía, a la mañana siguiente.
Así, antes de que el mundo fuese otro, creíamos que era otro, porque algo, todavía invisible y sutil, nos estaba metiendo prisa. Y la velocidad de ese nuevo periodismo poco a poco fue acabando con la estructura humana de empresas que sentíamos, y sentimos, nuestra casa. El pendrive desmanteló rotativas; las máquinas fueron haciendo lo que hacían diez o más personas; se fueron cayendo los diccionarios y con ellos los correctores; telefonistas; redactores. Había llegado Internet de sopetón, como aquel misterioso Mesías que un día apareció y desapareció con la misma rapidez de un email. Algunos de los que estábamos allí ya imaginaba que la gente (¿qué es la gente?) no leería más en papel, como con la llegada de los ebooks. Y así, enterrando el muerto todavía vivo, se puso en marcha, a todos los niveles, la transición a lo digital, con ciertas ventajas, todo hay que decirlo, pues la información llegaría a todo el mundo (¿quién es todo el mundo?). Y como cualquier revolución, dejó cadáveres por el camino: el empobrecimiento de las redacciones en recursos, personal y calidad; el entumecimiento de información a través de las redes sociales convertidas en canales de difusión masivos donde todo vale; la falta de profundidad y calidad en los textos; la práctica desaparición de los quioscos y la obsolescencia de la actualidad sustituida por una inmediatez agotadora. Este proceso deshumanizador (unos diarios supieron gestionar la situación mejor que otros) es la consecuencia de un mundo construido bajo el falso mantra de la innovación, con la digitalización y la automatización progresiva de todas las estructuras productivas, con repercusiones directas en la educación, la cultura y, en este caso, en el periodismo. Nos hemos convertido en usuarios o en clientes, en lugar de lectores. Porque ya ni siquiera se lee, sino se ojea, se consulta, se frota la pantalla ante la nube incesante de información (que no de conocimiento) y de imágenes que nublan o no dicen toda la verdad; una información desmemoriada, recortada, reducida a la mirada de un ojo vago, algorítmico, encerrado en sus propias verdades y opiniones, sin que nadie intervenga.
Defender el periódico es defender el papel y defender el papel es defender el tiempo propio, para el que lee y para el que escribe, no el tiempo que imponen los que abrazan la inmediatez. El papel no precisa batería, lo podemos doblar y abrir en cualquier terraza, en las horas que concede la mañana, para retomarlo en la tarde, sin estar obnubilados por el torrente de notificaciones, avisos, publicidades y titulares que se disparan en el teléfono como amenazas constantes. Las empresas de periódicos necesitan valentía. Replantear su estrategia de ingresos-gastos sin dejar que se desangre el diario en los quioscos y los pocos bares que conservan esta buena costumbre. La tarea es enormemente compleja porque no depende solo del formato, sino de otras variables que obligan a adaptarse. El móvil tiene demasiado poder. Pero se trata de convivir con las ediciones digitales y no dar por hecho que todo está perdido. Los libros han sobrevivido al vendaval digital ¿por qué no lo pueden hacer los periódicos? Empecemos por recuperar las redacciones. Eso es sagrado. Se necesita trabajar en busca de la verdad, con historias bien contadas, noticias, artículos, entrevistas, informaciones que alumbren, en lugar de ensombrecer, y que nos hagan mejores ciudadanos, más críticos, frente a un mundo que parece haber perdido el norte. El periodista no es un influencer, ni un opinador, ni un aficionado. Debe estar pegado a los hechos. Debe poder hacer su oficio. Y eso se tiene que pagar. Nadie se ha marchado de las redacciones por capricho. El periodismo es el mejor oficio del mundo. Cuidémoslo. Cuidemos a las personas que hacen posible este milagro cotidiano que nos construye. A las personas antes que a las máquinas. Porque, si no, llegará un día, hoy mismo, en que contarán lo que les plazca, o peor aún, lo que queremos oír.

