tribuna

Español de Canarias y economía del lenguaje

Hay personas que se tiran manos a la cabeza cada vez que oyen decir pa, tamién o masiao, en lugar de para, también o demasiado, que es como debería decirse según la escritura. No nos encontramos, empero, ante ninguna aberración idiomática. La tendencia de la lengua española a las palabras primitivas de dos sílabas y a la acentuación llana o en la penúltima sílaba determinan que muchas voces largas o de uso muy frecuente terminen simplificándose sustancialmente en boca de los hablantes del nivel popular, que son los que se expresan con mayor naturalidad, porque no están sometidos al freno de la lengua escrita. Así, no es infrecuente que, en los registros más populares de la lengua española, la voz trisílaba esdrújula /próstata/ se convierta en la bisílaba /próula/, por apócope de la segunda /ta/, lateralización de /t/ y vocalización de la /s/ implosiva; la tetrasílaba /demasiádo/, en la trisílaba /masiáo/, por aféresis de /de/ y pérdida de la /d/ intervocálica; y la pentasílaba /erisipéla/, en la tetrasílaba /disipéla/, por aféresis de /e/ y alternancia consonántica r / d.


Este fenómeno de simplificación o economía idiomática alcanza un protagonismo especial en los nombres populares de plantas y de animales, que suelen tener un cuerpo fonético más o menos largo. Es lo que ha sucedido en Canarias con el ictiónimo /abadéjo/ ‘cierto pez serránido’, que en determinadas islas devino /abái/, por apócope (/abáde/), pérdida de /d/ intervocálica (/abáe/) y diptongación de hiato; con el ictiónimo /brótola/ ‘especie de pez de la familia de los gádidos’, que devino /brióta/, por apócope (/bróta/) y epéntesis vocálica; con el ictiónimo /anxóva/ ‘especie de pez marino grande muy voraz’, que devino /axóva/, por simplificación del grupo consonántico /nx/; con el fitónimo /marrúbio/ ‘planta silvestre labiada, de tallos cuadrangulares y hojas con un vello blanquecino’’, que devino /barúyo/ en algunas partes de Canarias, por pérdida de la nasalización de la consonante de la primera sílaba (/barrubio/), palatalización de la última sílaba (/barrúyo/) y relajamiento de la vibrante tensa /rr/; con el fitónimo /bexeriégo/ ‘determinada casta de uva blanca’, que devino en /brixadiégo/, por epéntesis de /r/ (/brexeriégo/, cierre de la vocal de la primera sílaba (/brixeriégo/), abertura de la vocal de la segunda (/brixariégo/ y etimología popular; o con el fitónimo /alsándara/ ‘menta de agua’, que devino /sándara/, por aféresis, y /alsándra/, por síncopa vocálica.


Y esto no sólo en el terreno de las palabras independientes, sino también en el terreno de la fraseología, donde se suele omitir con frecuencia la parte menos importante del cuerpo fónico de sus unidades. Así, la frase hecha empinar el rabo ‘morir’ devino en Fuerteventura empinar, por omisión del complemento directo el rabo; la expresión hecha ganar un cáncamo ‘ganar un premio’, devino en Tenerife cáncamo ‘dinero que se obtiene en un trabajo extraordinario’ (que, por metonimia, terminó dando ‘obra o trabajo poco importante que le surge espontáneamente a un profesional, al margen de su actividad regular’, como dice la Academia Canaria de la Lengua en su Diccionario básico de canarismos), por omisión del verbo ganar; y las lexías complejas sama roquera y pájaro pinto devinieron, respectivamente, roquera y pinto por eliminación de los núcleos sama y pájaro. Evidentemente, el significante de las palabras puede cambiar también por incremento o aumento de su cuerpo fonético. Es el caso de los fitónimos /sáo/ ‘arbusto o arbolillo oleáceo de ramas mimbreñas’ y saúco, que han desarrollado en Canarias las formas /sábo/ y /sabúco”, con consonante antihiática.


Aunque parezca paradójico, también estas alteraciones formales con incremento consonántico se encuentran determinadas por la ley del menor esfuerzo, pues para un hispanohablante es mucho más fácil pronunciar /sábo/, /sabúco/, /próba/, /tobálla/ o /probís/, por ejemplo, sin hiato, que tan enojoso resulta en español, por falta de margen consonántico, que /sáo/, /saúco/, /próa/, /toálla/ o /proís/, con hiato. Incluso las etimologías populares, tan frecuentes en la historia de las lenguas naturales, se encuentran determinadas por la ley del menor esfuerzo. No cabe ninguna duda de que, para un hablante canario, por ejemplo, es más fácil recordar formas como “simpiés”, “trebolina”, “collera”, “destornillarse de risa”, “estar como una chola”, “borralla”, “base imposible”, “Julio” o “Pedro Luis”, que tienen apoyo en el vocabulario que conoce y en la lógica corriente y moliente que maneja, que las oficiales “ciempiés”, “trevina”, “escollera”, “desternillarse de risa”, “estar como una chota”, “morralla”, “base imponible”, “Obdulio” o “porluí”, ajenas a su modalidad lingüística o extrañas al sentido común, que le exigirían mayor esfuerzo de comprensión.


No por pomposidad, eufonía o falta de interés por la verdad, como sostiene Sócrates en el Cratilo, cambian los nombres de las cosas, sino por el principio de economía del lenguaje: esto es, por la tendencia del ser humano a decir lo que tiene que decir con el menor esfuerzo posible.