Por Marcial Morera
Hay gente que se pregunta qué tiene la expresión coloquial de despedida amistosa “Hasta luego, Lucas”, que, junto a otras muchas menos afortunadas que ella, como ¿comoooorrrll?, jarl, fistro, no puedor no puedor, te da cuen, a pete can de mor, ¡al ataqueeer!, grijandemor o ¡Torpedo!, puso en circulación el célebre humorista español Chiquito de la Calzada, a finales del siglo pasado y los primeros años del presente, que no tienen otras frases de su misma estirpe, como “Hasta luego, Ricardo”, “Hasta luego, María” o “Hasta luego, Francisco”, por ejemplo, para haber concitado la gran aceptación que ha concitado entre propios y extraños. Con un informal “Hasta luego, Lucas” se despiden en nuestro país no sólo los ciudadanos más anónimos, sino también gentes señaladas, como el tenista Carlos Moyá, que se despidió en cierta ocasión de su público con un llamativo “Hasta luego, Lucas”; el alcalde del municipio grancanario de Santa María de Guía Fernando Bolaños, que solía despedir los plenos de su ayuntamiento con esta misma pintoresca expresión; o el presentador de un famoso programa de la Cadena Ser, que igualmente se despedía habitualmente de sus oyentes con un desenfadado “Hasta luego, Lucas”. ¿Se deberá la popularidad de tan singular expresión a la poderosísima vis cómica del humorista que la puso en circulación? ¿Tendrá su razón de ser en su propia concisión expresiva? ¿Procederá de la automatización que ha provocado su constante repetición por aquí y por allá y a todas las horas del día? Podría ser, evidentemente, pero también hay una razón más objetiva y concreta que todas estas que muy bien pudiera justificar, por sí sola, o mancomunada con ellas, tal general aceptación: su peculiar estructura fonética. Concretamente, su encanto podría residir en la paronomasia (“semejanza entre dos o más vocablos que no se diferencian sino por la vocal acentuada en cada uno de ellos o por algún otro rasgo fonético”, como dice la Real Academia) que existe entre el adverbio luego que complementa la preposición hasta que la encabeza y el vocativo Lucas que la remata. La inclusión del significante del nombre “Lucas” en el significante del adverbio luego mediante la repetición de la consonante líquida /l/, la vocal grave /u/ y la consonante velar g-k parecería indicar que a quien corresponde de forma natural el saludo “hasta luego” es a “Lucas” y a nadie más. Para comprobar hasta qué punto son efectivos los recursos fónicos que comentamos, basta con comparar nuestra frase con combinaciones similares, pero sin paronomasia, como las citadas al principio del artículo (“Hasta luego, Ricardo”, “Hasta luego, María” o “Hasta luego, Francisco”), absolutamente anodinas. Es verdad que también una frase no paronomástica como “Hasta luego, Mari Carmen”, creada, al parecer, por la igualmente humorista Paz Padilla, suele usarse en español con relativa frecuencia con finalidad expresiva más o menos idéntica que la que comentamos, pero la misma no goza ni de la frecuencia de uso ni del glamour que tiene esta. El encanto musical y semántico que provocan las figuras retóricas de naturaleza formal (ritmo, aliteración, onomatopeya, retruécano, anadiplosis o epanalepsis, políptoton, rima…) y el efecto que ejercen sobre oyentes o lectores han sido sobradamente demostrado por la crítica literaria, la publicidad y la teoría de la comunicación. Por ello gozan estos recursos expresivos de tanto prestigio, no sólo en el ámbito de la literatura, sino también en el de la propaganda comercial y política y en el de los conjuros y la magia. Así, en el ámbito de la literatura, nos encontramos con paronomasias poderosísimas como ¡La mar, la mar, la mar! Amar la vida. / Y amamantarse de la leche eterna, / sentir el mimo de su sacudida, / cuando murmura su memoria tierna, / mimo que merma la mortal herida, / en que el hartazgo con hastío alterna, que emplea Unamuno al final del soneto 45 del Diario de confinamiento y destierro de Fuerteventura a París para reforzar el valor semántico de la forma mar mediante la repetición de la consonante nasal. En el de la propaganda comercial y política, con paronomasias más o menos afortunadas como El que sabe, Saba, donde la marca comercial alemana de radio y televisores Saba se identifica formalmente con el argumento principal (saber) del anuncio para hacerla más atractiva a oyentes o lectores. Y en el de los hechizos, rituales, sortilegios y conjuros, con llamativas paronomasias como, por ejemplo, Abracadabra, pata de cabra (culo de cabra, decíamos los niños de mi generación remedando la expresión originaria, porque nos parecía que el culo de la cabra tenía más magia que su pata), Hocus pocus o Jamalalí, jamalalá que, según las lenguas, utilizan magos y logreros para indicar que algo va a aparecer por arte de magia. Tan efectivos son estos juegos idiomáticos de inclusión formal, que hasta elecciones presidenciales han permitido ganar en tal o cual país del mundo. Es lo que, según nos explicaba nuestro profesor de Crítica Literaria José de la Calle en los lejanos tiempos de nuestra carrera lagunera, ocurrió en los comicios presidenciales del año 1952 en los Estados Unidos. En ellos, el político republicano Dwight D. Eisenhower ganó de forma aplastante al demócrata Adlai Stevenson con el paronomástico eslogan I like Ike, donde el complemento directo Ike, hipocorístico del apellido del candidato (Eisenhower), se encontraba metido hasta el tuétano tanto en el predicado like querer como en el sujeto I yo, designativo del votante en el texto aludido.
