tribuna

Los vale la pena de Fernando Senante

Por Alberto Senante Carrau

Siempre vale la pena”, me respondiste por wasap al segundo, sobre si merecía un esfuerzo intentar convertir en poema un texto que te había mandado.

Todo siempre vale la pena. Pero sobre todo la risa, muchacho, ¿estamos todos locos o qué? Y la alegría. Mi primer recuerdo, subirme a sus zapatos y caminar los dos como una marioneta. El último, un largo pelo de bigote invisible que hacía mover su labio y en el que solo creían él y los niños. Ay, los niños. Así es como se espera a las cabalgatas. Así hay que mirar los fuegos artificiales y los flamboyanes.

Así nos lo enseñaste: siempre valdrá la pena. Todo. Enamorarnos, amar. ¿Qué somos? Amor antes que nada. Llorar de orgullo por una hija. Y los cuadros, los poemas, las esculturas en la calle, los borradores. Las guitarras, la parranda, las canastas (¡enseñar a los pibes a meter canastas!). La historia de los barrios, de los pueblos y las ciudades. Ay amigo, las ciudades. Ay, Santa Cruz…

Valdrá la pena corregir, matizar cualquier cosa hasta el disparate. Las inauguraciones, los discursos, los planes generales, las citas, los sonetos. Las noches de insomnio por encontrar un verso, por revisar hasta la última gota del informe. Al menos elegiremos nuestro desastre.
Valió la pena convertir a los amigos en hermanos y a los hermanos en amigos. Y recitar en cualquier sitio, hasta el último aliento, aquello de me lo contaron ayer, el torito valiente, lo de quien más te ha querío.Poeta, te gritaban desde la otra acera de la rambla. Donde recordabas historietas de carnaval y pan bizcochado. Cine de Candelaria y gofio. Luego ya rosquilleta y helado sin azúcar. Tú, tan de pedir escalope empanado y papas fritas en cualquier restorán. Tan de bueno, traiga una cucharita. Y también tan orgulloso como un mencey. Tan de sus islas y de su lengua. Tan suyo. Y tan abrazo. Tan tierno y dulce que debió caerse en una hondilla de huevos moles de pequeño.

Fernando Senante. Fernando, Nando, Nandito. Ya blandito. Al final vas andando despacito. Seguro que valdrá la pena, pero qué cabrona y retorcida fue la vida dejando -por unos ratos- al poeta sin palabra.

Se nos fue el guerrero que adelantó en versos su derrota. El abogado que quiso defender a las ciudades. El que cantaba a la alegría de decir nosotros. El que enseñó, a cualquiera que estuviera a su lado, a amar la vida y sus palabras. Y, cuando haga falta, valdrá la pena refugiarse en ellas, aunque el texto no llegue a convertirse en poema. Siempre vale la pena, incluso con ésta tan grande que ahora llevamos dentro.