Juana Pérez López es, de facto –aunque no tenga título oficial—, la alcaldesa de Chamorga, un barrio lejano de Anaga donde los vecinos viven en paz y armonía, un vergel en medio del monte, bordeado por paredes asombrosas en las que a veces pega el frío sin compasión.
Su tío Álvaro, que ese sí fue alcalde pedáneo, abrió el bar, allá por los cuarenta del siglo pasado, más que bar una ventita donde había casi de todo. Juana, que nació en Santa Cruz en 1959, lo heredó, con las vueltas de la vida, y ahora en esa ventita se cocina el mejor cabrito de las islas y se come la mejor carne de cabra que pueda probar cualquier paladar exigente.
No queda eso ahí, las garbanzas de Juana, y el rancho, tienen fama en el mundo entero, porque caminantes de procedencias lejanas se acercan cada día hasta Casa Álvaro a comer y a beber y hasta, en caso de emergencia, a llamar por teléfono. Juana es la encargada también de la emisora del Cecopal, con la que se comunica con la civilización para dar cuenta de cualquier emergencia. Todo un personaje.
-Y sin horario ni calendario, ¿no?
“Bueno, yo cuando tengo que cerrar, cierro. Si tengo que ir a alguna parte, como hoy estoy aquí contigo, echo el candado y ya está”.
-Y a los demás que lo intenten de nuevo.
“Es que trabajo sola y esto tiene el precio de que cuando tengo que ir a cualquier sitio, me tomo la justicia por mi mano”.
-¿Cuál ha sido la situación más rara con la que te has encontrado ahí arriba?
“Hay de todo: gente que se pierde, gente que va al monte en cholas, gente que se desorienta y hasta conductores que se han quedado sin gasolina. Pues yo le vendo la gasolina también, si hace falta”.
(Ha pasado mucho en la vida. Su marido murió de un infarto en 2007, aún joven. Un hijo falleció de cáncer hace 18 meses. Le quedan dos hijos y una hija. Uno de ellos trabaja en Irlanda, en un aeropuerto. Su hija vive en Igueste y su otro hijo en Tegueste. Pero nunca la pierden de vista. Tres nietos).
-Juana, ¿cuál es tu secreto en la cocina?
“No te sabría decir, quizá sea un don natural. Hace años trabajé en una casa en Santa Cruz y aprendí el oficio. Tú tienes que conocer a la familia, era doña Olga, la hermana de don César Fernández-Trujillo, que trabajaba en la radio. Esa señora era una gran cocinera y yo aproveché sus enseñanzas”.
-Ha tenido que ser duro para ti, primero, la desgracia de perder a tu marido y después a tu hijo. Y luego, esa soledad.
“Desde luego, fueron dos golpes muy duros, durísimos. Pero yo no me siento sola, ni tengo miedo y, además, mi teléfono móvil funciona allí perfectamente para casos de emergencia y dispongo de wi-fi. Pero sí ha sido dura la vida y me siento orgullosa de la familia que tengo”.
-¿Te han hecho alguna vez un “simpa”?
“¡Que se atrevan, no! Una vez me parece que dos mujeres se fueron sin pagar unos bocadillos. Pero tomé la matrícula del coche”.
-¿Es verdad lo de la magia de tus famosas garbanzas?
“No lo sé, pero te voy a dar un dato. Los niños, en su casa, no quieren garbanzas. Y cuando llegan a Casa Álvaro las piden. Por algo será”.
-¿Tiene algún secreto tu famoso cabrito?
“El secreto es seguir la fórmula tradicional, sin hacer cambios ni experimentos. Y la materia prima: yo no uso sino aceite de oliva, por ejemplo”.
-¿Tradición familiar?
“Una hermana de mi padre era una gran cocinera. Siempre me decía: “Tú mira lo que yo hago y cómo lo hago”. Y así fui también cogiendo confianza en la cocina”.
-El Cabildo te acaba de distinguir por tu labor en aquellos altos.
“Sí, y lo agradezco mucho. También la Televisión Canaria me invitó e hicimos varios programas de cocina canaria. Pero yo creo que la distinción del Cabildo fue más bien por mi dedicación a los ciudadanos, que eso lo llevo muy dentro. En Chamorga cuando hay cualquier problema me llaman enseguida”.
-¿Se adapta la gente a lo que tienes o te pide otras cosas?
“No, no, se adapta. Mira, yo estoy sola en la cocina y sirviendo las mesas. Por eso tengo que hacer cosas de caldero. Allí recibo a los guardamontes, a la Policía Municipal, a los senderistas, todos son clientes míos. Yo hago un caldero de lentejas, por ejemplo, y dura lo que dura”.
-Me imagino que poco.
“Sí, es verdad, se lo comen todo porque la mayoría de los caminantes de la zona paran en mi venta”.
-Juana, ¿hay mucho excursionista imprudente?
“¡Uf! Es lo peor. Siempre les aconsejo lo que tienen que hacer, que lleven agua, calzado adecuado, les digo que el monte es muy traicionero, sobre todo con tiempos extremos, o mucha agua o mucho calor. El calor en el monte es mortal. Recorrer tres kilómetros se hace eterno”.
-¿Es verdad que el alcalde visita Casa Álvaro de vez en cuando?
“Algunas veces ha pasado por allí el señor Bermúdez, a lo mejor camino de alguna playa. Sí, y para en Casa Álvaro”.
-Mantienes la tradición: manteles de cuadritos azules y blancos.
“Sí, la tradición que no falte. En uno de los premios que me entregaron, con motivo del décimo aniversario de Anaga como reserva de la biosfera, se dice: “A quienes hacen de Anaga un hogar eterno”. Es bonito ayudar a los demás y yo creo que hemos venido al mundo para ayudarnos los unos a los otros”.
-Me han dicho que te encargan cabrito para comidas oficiales.
“Sí, el Ayuntamiento, varias veces. Y han quedado contentos, por lo que se ve”.
-Tú eres un poco la sucesora de tu tío Álvaro en la pedanía, ¿no?
“Él era el alcalde pedáneo, jamás se enfadaba con nadie. Al contrario, si había un lío lo llamaran para que lo solucionara. Y siempre lo conseguía, parecía tener un don especial”.
-¿Recuerdas mucho a tu marido?
“Su perdida fue durísima, lo mismo que la de mi hijo. Imagínate. Yo tenía 16 años cuando me casé y mi marido 20. Nos conocimos en una boda y su recuerdo sigue conmigo. Formamos una familia de la que yo me siento muy orgullosa. He vivido la desgracia de su pérdida y de la de mi hijo, hace 18 meses. Hay cosas que no se borran de la mente”.
-¿Qué hiciste en la pandemia?
“Fue otro episodio muy grave para todos. Me vi obligada a cerrar dos meses, debido a la situación. Pero afortunadamente vivimos tiempos mejores ahora”.
-¿Cuál es tu ideal de vida, además de desarrollar tus recetas?
“Mira, a mí me gustaría que la gente se llevara bien, que no se metiera en conflictos. Es mejor vivir en paz que en tensión. Quizá la vida en el monte me haya moldeado en ese sentido. A veces la soledad es buena también”.
(Hemos dicho que uno de sus hijos trabaja en un aeropuerto, en Irlanda, el otro es camionero. Su hija, que la va a recoger a Los Limoneros y es muy simpática, tiene la suerte de trabajar en Mercadona. Juana dice que sus hijos tuvieron una infancia dura y que se merecen la estabilidad de la que disfrutan ahora).
“Es mi familia la que me ha dado fuerzas para seguir adelante y me siento muy orgullosa de ella”.
-¿Nuestra cocina es única, Juana?
“Buena cocina hay en todas partes, pero existen platos nuestros que son realmente únicos. Yo no me quiero echar flores porque no estaría bien, pero los platos que yo cocino responden a recetas autóctonas, heredadas de mis antepasados o de personas, como doña Olga, que cocinaba muy bien. Yo he seguido esas recetas al pie de la letra, con los mejores materiales para elaborarlas, por eso mi cabrito tiene fama en toda Canarias y fuera de las islas”.
-¿Tienes algún lema grabado a fuego?
“Sí: Aprovecha la vida y sé buena persona”.
-¿No tienes miedo a la soledad?
“Ya te dije que a veces es bueno estar sola, para poder pensar, para vivir la paz que te ofrece la montaña. Además, hay más vecinos en Chamorga, no vivo yo sola. Y allí la gente se lleva bien”.
-Eres como una especie de reina de Chamorga.
“Bueno, una reina pobre en dinero. A lo mejor en tierras no, pero dinero, lo necesario para vivir”.
-¿Cuántas vidas habrás salvado con tus consejos a los visitantes?
“No lo sé, pero sí te digo que hay extranjeros muy imprudentes, que vienen a recorrer los senderos rurales sin el equipo necesario, sin agua, sin alimentos básicos y que no hacen caso a la señalización y se pierden. El monte es traicionero y hay que conocer lo básico para entrar en él”.
-Voy alternando las preguntas para no hacerte una entrevista exclusivamente “gastronómica”. Creo que tu rancho…”.
“Sí, el rancho me sale muy bien y el potaje también, no sé quién te lo ha dicho”.
-Pues Mariano Ramos, el dueño de Los Limoneros, que es un cliente tuyo incondicional.
“Sí, es verdad. Él y sus amigos son buenos clientes y parece que les gusta Casa Álvaro, porque repiten”.
-¿Utilizas mucho la emisora del Cecopal para comunicar emergencias?
“Algunas veces. Fue instalada antes del covid. Algunas cosas hemos comunicado y hacemos pruebas regulares de funcionamiento. El mantenimiento es muy bueno y siempre funciona”.
-¿Tienes un horario fijo de cocina?
“No, yo, si estoy allí, le doy de comer a todo el mundo a cualquier hora, antes de irme a mi casa, que está al lado mismo de Casa Álvaro. Si puedo, no dejo a nadie sin un plato de comida”.
(Esta es Juana, señores, la reina de la cocina rural. La “alcaldesa honoraria” de Chamorga. Una mujer enamorada de la vida, vitalista, agradable, sonriente, que tiene un tesoro en su familia, que ha vivido calamidades y alegrías y que no olvida a sus seres queridos que ya no están. Una mujer luchadora y fuerte y que, además, cocina como los ángeles, si es que los ángeles existen y cocinan).







