Jorge Luis Borges vivió su gran periodo europeo (por decisión de su padre y la ceguera a la que estaba condenado) de 1914 a 1921. Cuando volvió a Buenos Aires se encontró con una realidad que creyó necesario reparar: por la inmigración, los idiomas que abrumaban, las culturas discordantes, las costumbres no compartidas, etc. La nación se confundía e incluso podía desaparecer. La actuación del escritor fue memorable, su idea nacionalista esencial. Borges partía de una instancia: dos potestades del individuo en nación: el sentirse y el ser. El sentirse es una postura estimable; el ser es quien concreta la entrega. Borges eligió ser con todas las consecuencias; por lo que compartía (incluido el español, él que era bilingüe y pensó que el inglés era el idioma de la literatura) y por lo que lo acreditaba. De ahí la exigencia: indagar sobre la identidad. Se abismó; lo hizo con los ajustes que ratificaron a las grandes civilizaciones de la historia, de los griegos a los islandeses. Llegó a conclusiones: si hay pueblos que existen por el mar, Argentina perdura por la llanura. Un primer recado a sus compatriotas: la civilización de Sarmiento (sustancial en su momento) ha de corregirse; no se puede actuar por exclusión sino por confirmación. Y en confirmación el gaucho y su caballo o el personaje del extremo de la ciudad, el compadrito. Con ellos un arma, el cuchillo. Y los valores que sustanciaron a esos hombres: el honor, la amistad, el coraje, incluso el compromiso insoslayable frente a la ley. Eso ratifica. Y ratifica no para fijar el rechazo sino para asentar a los seres en el mundo con mérito. Pues el ajuste se asienta en una conclusión suprema: morir por lo que se ama. Los argentinos constataron de Borges lo lateral, lo especial: su cosmopolitismo. No se ajusta en su cabalidad ese trance. Borges es un todo, en compromiso y en cultura, en libros (es decir, sin oposición). Eso hizo plantear al autor de El Aleph su postura, afianzar su proyección, hacer que sus últimos días sucedieran a Suiza y que su cuerpo descansase en el Cementerio de los Reyes (Cimetière del Rois) en Ginebra. Su dictado es, pues, trascendental. Se basa en las convicciones éticas más profundas, en la responsabilidad más eminente. Por eso defendió más de una vez que ser argentino no resaltaba lo particular sino lo humano; dijo: lo humano me pertenece, forma parte de mi esencia. El extraordinario escritor decidió por lo sustancial de su país que confirma al todo, y lo discutió. Eso fue y a pesar de lo que pueda leerse distraídamente sobre él, eso lo consagró. Frente a las falacias, la esencia misma del nacionalismo.
