después del paréntesis

Azul

Sobre la certidumbre del ser siempre informa la impar naturaleza, con la primacía de la vista. Por ella lo que nos rodea existe. Incluso lo atónito. Así lo precisaba un paisano mío (Carlos Domínguez) al que muchas veces acompañé por los barrancos y quebradas de las afueras de mi barrio; yo a causa de su entusiasmo por los espacios limpios, sólidos, sublimes o arriesgados. Y una vez, en el colmo de su fatiga, cuando comenzaba a percibir la destrucción por el cáncer, me lo comentó. “Va a desaparecer el azul y el mundo se joderá”. Aducía que el azul es el color que conmueve a los hombres, porque señala al cielo donde se encuentra la salvación y al mar que aquí nos precisa en el ser. Además, aducía, sin el azul no existirá el verde y entonces los árboles, las plantas, las flores, los campos no serán lo que son. ¿Qué sentencia esa catástrofe?, repetía. Que a Dios se le fue de la mano el prodigio, porque Dios siempre falla, como con los ruines hombres (por ejemplo), o el Diablo anda en su punto y no sabemos si el Divino lo pondrá en su lugar. “Pero se fastidió, se fastidió”. La zozobra de Carlos Domínguez aducía valor a su encuentro con lo que relucía en el planeta y no se podía perder, por más desgracias que nos embarguen, y no tanto los días contados que comenzaba a percibir. Que era mortal, decía, y de algo hemos de morir los hombres. Cuando Luis Mateo Díez hubo de hacer frente a las desgracias de la familia, por la muerte de una de sus cuñadas que dejó solo y abatido a su marido y por el fatal suicidio de su sobrina, una exclamativa fotógrafa, que dejó anclados a sus padres (hermano y también cuñada) en el abismo, urdió un libro que habría de enfrentarse a la muerte. Pero no solo a la muerte en su cabalidad (como mueren los familiares más directos por edad) sino a la muerte que sustancia el dolor más indeseado y que arrastra a concebir miles de preguntas que no cuentan con respuesta. El título es exclamativo. Así se lo hice saber a Carlos y le cedí el ejemplar para que lo leyera. Inopinadamente ese texto amargo, profundo, sentido y sentencioso se llama Azul serenidad. El azul no nos abandona, amigo; el azul señala el consuelo del que no estamos dispuestos a desprendernos por muy cruda que sea la realidad, y porque (querámoslo o no) lo que embarga a los prójimos no es la muerte sino la vida, la vida que disfrutamos con los que nos acompañaron y la vida que se rezuma en la memoria. Eso es azul, le comenté, el azul que aún pondera la facultad de los nacidos, no el que tú quieres hacer desaparecer del universo. Leyó el libro y le gustó; lo apretaba contra su pecho cuando desapareció de este mundo.