España siempre ha tenido debilidad por los pícaros. Ya en el Lazarillo de Tormes, aquel muchacho engañaba a ciegos y clérigos para sobrevivir. Con el tiempo, la picaresca saltó de los libros a la calle y acabó en timos como el de la estampita. No eran rarezas: eran síntomas de un país que veía en el engaño no solo un delito, sino un modo de arreglárselas en un mundo injusto.
La estampita, convertida en chiste popular, funcionaba porque explotaba lo peor y lo más humano a la vez: la codicia de quien creía haber encontrado un chollo y la ingenuidad de quien se dejaba arrastrar. Admirábamos al espabilado que burlaba al sistema, porque en el fondo pensábamos que, en su lugar, habríamos hecho lo mismo.
Hoy presumimos de vivir en otro mundo. Hablamos de inteligencia artificial, de datos, de innovación. Tenemos centros de desarrollo tecnológico, empresas emergentes que exportan talento y universidades que preparan profesionales brillantes. Pero la pregunta incómoda sigue ahí: ¿hemos cambiado de verdad o solo hemos cambiado el disfraz del engaño?
Los fraudes de ahora no ocurren en un callejón, sino en la pantalla. Lo que antes era un fajo de papeles hoy es un correo falso que se hace pasar por tu banco, una inversión milagrosa en criptomonedas o un vídeo manipulado que pone en boca de un político palabras que nunca dijo. Cambian las formas, pero la lógica sigue intacta: aprovecharse de la vulnerabilidad, del miedo o de la codicia. La trampa no muere; se reinventa.
Hay una grieta nueva que los timadores han aprendido a explotar: la soledad. No es patrimonio de los mayores, sino un mal que atraviesa a todos. Jóvenes que acumulan seguidores pero no tienen a quién llamar si se sienten mal. Adultos rodeados de compañeros en la oficina pero incapaces de encontrar vínculos profundos. Mayores que se conforman con una llamada de vez en cuando. Nunca hubo tanta conexión y, al mismo tiempo, tanta soledad.
Los estafadores lo saben. Por eso se disfrazan de falsos famosos que prometen cercanía, de parejas ideales en una aplicación o de amigos atentos que nunca existen. Si en el pasado los engaños jugaban con la avaricia, ahora se alimentan de la necesidad de afecto. Lo inquietante no es solo la trampa, sino la herida que explotan: un vacío emocional que la tecnología no ha resuelto y que, en muchos casos, ha agrandado.
Conviene ser justos: no todo es sombra. La tecnología también acerca. Permite a los mayores hablar cada día con sus familias, crea comunidades de apoyo, ofrece redes donde antes había silencio. Incluso la inteligencia artificial puede ayudar a detectar y acompañar situaciones de aislamiento. Pero cada avance tiene dos caras: lo que une también puede manipular, lo que acompaña también puede controlar. La cuestión nunca fue la herramienta, sino el uso que decidimos darle.
El desafío, entonces, es cultural. Antes admirábamos al pícaro que engañaba al ciego. Luego al espabilado de la estampita. Y ahora, demasiadas veces, al que “se las arregla” en lo digital, aunque sea a costa de la confianza de todos. Desde políticos que esconden la opacidad detrás de tecnicismos hasta empresas que exprimen los datos personales como si fueran un recurso sin límites.
El progreso real no se mide por pasar de los viejos timos a los fraudes digitales, sino por ser capaces de construir una sociedad que premie la confianza antes que la trampa, la cooperación antes que el engaño, la innovación antes que la picaresca. Porque sin ese cambio, da igual cuántos programas o inteligencias artificiales tengamos: seguiremos siendo los mismos, fascinados por el listo que engaña. ¿Cuánto hemos cambiado, verdad?

