Cualquier tiempo pasado fue mejor (que el presente, se sobreentiende)”, sentencia categóricamente el refranero español. “Mejor -dicen los más explicados-, porque, al contrario de lo que ocurre en los tiempos que corren, se respetaba más a los mayores y a las autoridades: los hijos, a los padres; los alumnos, a los maestros; los delincuentes, a la policía…”; “mejor, porque la comida era más sana que la actual”; “mejor, porque llovía más”; “mejor, porque la gente se expresaba entonces de forma más atildada que hoy, en que tanta pobreza léxica e indigencia fonética hay, con pronunciaciones tan aberrantes como /la jócho/ (las ocho), /lo jóhoj/ (los ojos), /lo járbolej/ (los árboles) o /má jo ménoj/ (más o menos) de nuestros jóvenes”. Lo que quiere decir que, desde este punto de vista, cualquier cambio social, lingüístico o lo que sea es siempre para peor.
Se trata, obviamente, de un juicio de valor determinado por razones puramente subjetivas (entre ellas, la idealización del pasado y el hecho evidente de que, como la lengua sitúa al hablante en el centro del mundo, este termina pensando que los usos y costumbres que él conoce son los auténticos), que pasa por alto el hecho indiscutible de que la realidad es dinámica. Todos sabemos cuán seductora y generadora de nostalgias es la edad dorada de la vida; la edad de la infancia y juventud, en que tan feliz cree haber sido el ser humano. Por eso piensa el hombre común que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero, si superamos el idealismo propio del recuerdo de los tiempos idos, lo único que podemos decir con seguridad del pasado es que entonces éramos más jóvenes de lo que somos al presente; no que la vida de entonces fuera mejor que la de hoy. “Con Franco no vivíamos mejor, sino que éramos más jóvenes”, replicaba el excelente humorista José Luis Coll a los incondicionales del nefando dictador, que, años después de que este hubiera desaparecido para siempre, seguían sosteniendo contumazmente que “con Franco vivíamos mejor”. Y, remedando al inolvidable humorista, con la frase “antes no había más respeto, no comíamos más sano, no hablábamos con más propiedad, etc., que en el presente, sino que éramos más jóvenes”, podríamos replicar nosotros a los adoradores del tirano ayer, que sostienen contra viento y marea que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Es más, si dejamos al margen estas comprensibles actitudes nostálgicas y analizamos el problema con objetividad, nos encontramos con que, por lo menos en el terreno del lenguaje, ocurre todo lo contrario de lo que pretende el categórico refranero español. En el ámbito de las lenguas, son mejores los tiempos futuros que los pasados, porque las lenguas evolucionan por lo general hacia la perfección; hacia la búsqueda de estructuras equilibradas y sencillas, para que el hablante pueda decir lo que tiene que decir con el menor gasto de energía articulatoria y mental posible. Las lenguas cambian para mejorar, no para empeorar. “Ley del menor esfuerzo” llamaron los lingüistas del siglo XIX al motor de esta tendencia de las lenguas a superarse a sí mismas. Así, puede decirse que las lenguas románicas son “más perfectas” que su madre, que es el latín vulgar, porque simplificaron su compleja estructural gramatical y fónica; o que, aunque parezca mentira, porque el poder ha terminado haciendo creer a los hispanohablantes de aquí y de allá que la flor y nata del español es su variedad castellana, el español meridional es “más perfecto” que el español septentrional, porque ha simplificado también tanto su retórica sintaxis como su complejo sistema fonológico.
En este marco de discusión, se encuadra el fenómeno de las tan denostadas aspiraciones neológicas de los jóvenes de las Islas y de otras partes del mundo hispánico citadas antes. Pronunciaciones como /la jóchoj/, /lo jójoj/, etc., no constituyen un problema de degeneración idiomática, sino de mejora en la evolución del dialecto, porque suponen la eliminación del freno que implica para el avance de la aspiración de la /s/ implosiva o final de sílaba el hecho de que los hablantes más veteranos la mantengan intacta en aquellos casos en que aparece seguida de palabra que empieza por vocal (/lo sójoj/, /la sócho/, /lo sárbolej/, /lo sañoj/, /má so ménoj/, por ejemplo), convirtiéndola así en explosiva. Nada más y nada menos que limpiar el camino de obstáculos para que la aspiración pueda alcanzar su objetivo de erradicar la consonante sibilante en cualquier posición: eso es lo significan realmente las mencionadas pronunciaciones de nuestros jóvenes. La aspiración, sea esta la que sea, no supone ninguna corrupción o degeneración de la lengua, como suelen creer los hablantes más conservadores. Se trata en realidad de un recurso idiomático para simplificar el significante de las palabras y hacerlas más ágiles e, incluso, para aligerar el sistema fonológico. Digamos que lo que han hecho las nuevas generaciones de hablantes es aprovechar la práctica tradicional de convertir en explosiva la /s/ de combinaciones como las ocho, los ojos, etc., para extender su aspiración, que sólo se daba en posición implosiva, también a esta posición, como hacen ya los escasos hispanohablantes que dicen /pejéta/, /píjo/ o /kajéta/, en lugar de /peséta/, /píso/ o /kaséta/. ¿Germen de eliminación de la /s/ del sistema fonológico español? Chi lo sa? El futuro de los cambios lingüísticos, que discurren de forma muy lenta, nunca se puede predecir con certeza.
Una prueba más o menos concluyente de lo que comentamos la tenemos en la lengua francesa, que ha eliminado de forma radical la /s/ final de sílaba de todas sus palabras de tradición popular (même (ant. mesme), pâte (ant. paste), fête (ant. feste), tête (ant. teste)…), contribuyendo así poderosamente al característico reducido significante de la inmensa mayoría de sus voces. ¿Hablan los franceses, que han eliminado la /s/ final de su idioma, peor que los españoles que la mantienen? ¿Hablan los jóvenes que aspiran la /s/ de expresiones como las ocho, los ojos, los árboles, los años o más o menos peor que los viejos que la conservan? Evidentemente, no, sino de forma distinta, con el objetivo de facilitar el camino a esa gran amorosadora del significante de las palabras que es la aspiración. No debe verse en la aspiración de nuestros jóvenes “vicio de pronunciación”, sino desarrollo natural y lógico del idioma.
