Canarias vuelve a ser la frontera que todos miran, pero que nadie quiere asumir. Aquí desembarcan menores que llegan solos, con lo puesto y con una vida entera por delante. Y aquí también se acumula el silencio de quienes, desde la comodidad de la península, prefieren mirar hacia otro lado mientras hablan de solidaridad solo cuando toca en campaña.
Lo que debería ser un gesto natural de justicia y de dignidad -compartir responsabilidades para que nadie soporte en solitario lo insoportable- se ha convertido en un espectáculo de excusas. Comunidades que se enredan en tecnicismos, gobiernos autonómicos que dicen “no podemos más” mientras Canarias, desbordada, sigue cargando sola con lo que otros se niegan a aceptar. A eso no se le llama falta de medios: se le llama doble moral.
Conviene recordarlo: detrás de cada llegada no hay números, ni expedientes, ni estadísticas. Hay menores que han cruzado el mar solos, que no conocen el idioma, que no tienen familia ni apoyo, y que encuentran a su llegada un país que discute si hacerse cargo de ellos es obligación o caridad. No son un problema que se gestiona con papeles: son personas. Y reducirlos a un objeto de disputa política no solo es deshumanizarlos, es también retratarse como sociedad.
Todo se resume en algo simple: menores solos que no necesitan lástima, sino oportunidades. Y esa diferencia marca quién responde con humanidad y quién se refugia en el cinismo.
Y ahí es donde este debate debería aterrizar: en algo tan simple como ponerse en el lugar del otro. Imaginar que es tu hijo, tu nieto o tu hermano el que llega solo, sin nadie que lo espere. ¿Aceptarías que lo trataran como a un problema incómodo que todos intentan esquivar? Si la respuesta es no, entonces queda claro dónde termina la dignidad y empieza la falsedad.
Del mismo modo que exigimos solidaridad a Europa, debemos practicarla dentro de España. La acogida no puede ser cuestión de conveniencia política, ni de colores autonómicos, ni de estadísticas amañadas. No caben excepciones ni justificaciones: mientras Canarias rebosa, ningún otro territorio tiene autoridad moral para decir que no. Porque si aquí, en las islas, seguimos respondiendo pese a la saturación, el resto del país no puede lavarse las manos.
Al final, esa es la verdadera cuestión: hay quienes, con la ligereza de una consigna, hablan de hundir barcos, cuando lo que en realidad quieren es hundir derechos y mantener a flote su odio. Y desde Canarias lo decimos con claridad: aquí no caben dobles discursos, porque el dilema sigue siendo el mismo: solidaridad o hipocresía.
