La vida que se cuenta y transcurre públicamente es un drama. La escriben primeras personas y otras que llevan y traen lo que acontece en el espacio escénico, que es cualquier lugar. También hay vidas anónimas, menudas. Incluso, inverosímiles. La gente, célebre o no, por delante y detrás. La gente y el paso del calendario. ¿De quién son nuestros días? Se pregunta el político Mariano de Santis (Toni Servillo) en La Grazia, la nueva película de Paolo Sorrentino presentada hace unas semanas en la Mostra de Venecia. Pendiente de verla, me he entretenido leyendo críticas coincidentes en sus virtudes. Parece que después de la fallida y excesiva Parthenope, el director napolitano ha recuperado la belleza sin histrionismos. Que la genialidad no siempre esté a la altura constata la fragilidad del ser humano, aunque todavía haya idiotas que ansíen prolongar la existencia. Contradictorio deseo de Vladímir Putin al formularlo junto a dos comunistas tiranos (Xi Jinping y Kim Jong-Un) que, como él, incapaces de trascender, alardean de un enfermizo poder armamentístico. Doliente plaza de Tiananmén.
¿De quién son nuestros días? Las conexiones neuronales no lo tienen claro. Y el Universo y el cineasta amante de la primorosa estética, tampoco. Todo se reduce a darle una vuelta, a pensar en el origen, en la verdad obsesiva y en la mano de Dios, que también fue la de Maradona. Mientras, alivian las historias de amor y su poder transformador sin necesidad de contorsionismos. La sensibilidad no entiende de estadísticas, sí de caricias. Preferible afrontar los problemas desde la afectividad sin caer en la chochez. No es fácil contar (y vivir) historias existenciales con un lenguaje inconmovible. La espera y la muerte, comprender el Mundo, se toman mejor con abrazos. La mascarilla, el excremento, la rigidez del luto no funcionan. Lo sabe el siux Ave que patea en Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990). Descansa en paz Graham Greene. Hoy duermes en las grandes llanuras de Wakan Tanka o Gran Misterio. ¿De quién son nuestros días?
Escucho impotente, al otro lado, las lágrimas de la hermosura, la alegría desafinada. La pulpa desbaratada no es fruta, la carne deshuesada y furiosa se consume en la angustia. Pese al desencanto, la gracia de sus cualidades agranda el atractivo. Solo queremos que vuelva a casa, al descanso, a la confianza, al color del girasol y del arcoíris pasada la lluvia. Pero la gracia es, además, indulgencia, apretar el botón del regreso sin traumas al mundo corriente. Al de la loza, los armarios, el agua con gas y las tetas floridas. ¡Caramba! ¿Por qué no avanzar hacia los zapatos deshilachados con corazón cosido? ¿Qué pálpito borrará tristezas e incertidumbres?
Imagino la mirada esteta de Sorrentino y la duda, omnipresente en el filme, será, intuyo, una disculpa, una coartada, una subtrama en la sinfonía solemne y encantada. El talento narrativo del genio se apoya en veleidades terrenales provocaciones, estrujes místicos e irreverentes, naftalina y muecas ajenas al ictus. Su discurso cinematográfico huye de la barbarie. El genocidio de Gaza, pongamos, es incomprensible en metrajes bellamente perfectos y elegantes (DEP, Armani). Esa es la intención. ¿Respuestas? No perdamos el tiempo. Están en las raíces. Lo asumió entre flamencos Jep Gambardella y quienes cuestionan los secretos que esconden el firmamento y la hondura de las cosas.
Mujeres y hombres con madurez, seriedad y compromiso, lejos de polarizaciones maniqueas y juegos neblinosos, arman ese interrogante. Cuestionan la certeza, rondan la equivocación, deambulan en el páramo de las palabras desatendidas, certifican el error del sucedáneo. El gato por liebre no entra en la ecuación. Estas rara avis, hábiles gimnastas, invierten en respirar, en observar el mangoneo de nuestros días.

