tribuna

IA y democracia

El debate se centra en si la inteligencia artificial, aplicada a la política en un sistema democrático, responde realmente a un análisis de nuestros deseos mayoritarios o lo que hace es reflejar aquellos que previamente nos han sido inducidos. En cualquier caso, cabe pensar que estas actuaciones están sujetas al principio de igualdad de oportunidades, pero la ética democrática debe introducir algunos límites. Estas cuestiones se observan en el comportamiento actual de las ideologías para tratar de imponer sus ofertas. Todas se quejan de las elevadas dosis de populismo que utilizan sus adversarios, pero no hacen crítica de las que ellos mismos emplean. La situación ideal sería permitir la existencia de un arbitraje general, una gobernanza que esté por encima de todo, que nadie se atreviera a poner en duda; como los juicios de Dios de la época medieval. O quizá depositar en la opinión indiscutible de los expertos la adopción de nuestras decisiones más importantes. En cualquiera de los casos, estaríamos accediendo a un sistema diferente, a un totalitarismo sometido a los algoritmos de las máquinas, donde estas sustituyen a las grandes asambleas. El mundo actual aún no ha encontrado el ideal donde ubicarse para que las cosas funcionen con la conformidad de todos, satisfaciendo los deseos mayoritarios de los ciudadanos. Realmente estamos penetrando en un espacio de cambios vertiginosos que requieren de la aplicación urgente de convenciones morales, o tal vez sean esas convenciones las que hay que revisar para podernos adaptar a esos cambios. A medida que profundizo en el estudio de cómo será el futuro de nuestras sociedades más comprendo esas dificultades de adaptación. Se escribe mucho sobre situaciones catastróficas y sobre modelos ideales que colmarán el porvenir de felicidad. Incluso se juega con las expectativas del alargamiento de la vida, y se ve a dirigentes a punto de caducarse hablar de esa posibilidad en la intimidad. Me pregunto si esa preocupación es una constante generacional, o si los jóvenes, los auténticos protagonistas de lo que está por venir, comparten la esperanza en esos paraísos, por ahora artificiales. La discusión sobre la inmensa capacidad de las máquinas, gira en torno a si llegarán a superar eso que nos distingue a los humanos y que se llama intuición. Si no es así, estaremos escribiendo una nueva Odisea, donde los héroes emigran al espacio después de haber destruido el planeta, siguiendo el modelo del übermensch de Nietzsche. Solo se quedarán las inteligencias artificiales, que carecen de vida orgánica y son resistentes a las contaminaciones que nos destruirán. La palabra resistencia tiene una connotación política negativa, en el sentido que pasa por la prueba biológica de una selección, al estilo darwiniano. Ya lo intentaron otros. Por eso algunos estudiosos advierten del peligro que supone el crear deseos del pasado, tanto en el ámbito del progresismo como del conservadurismo cauteloso. De ese bucle no nos hemos podido escapar, porque las herramientas novedosas de que disponemos no han borrado de nuestra mente ese desiderátum de reivindicaciones interrumpidas, siempre pendientes de su cumplimiento.

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