tribuna

La hipocresía internacional: el crimen del silencio

Por Ana Orán García

No puedo comenzar este artículo sin expresar mi repulsa absoluta ante lo que está ocurriendo en Palestina. No es un conflicto entre dos bandos: es la masacre sistemática de un pueblo, condenado a vivir sin tierra, sin futuro y sin derechos. Lo que allí sucede golpea la dignidad humana como un auténtico crimen contra la humanidad. Y duele todavía más al ver cómo el mundo responde con tibieza, con silencios calculados o con condenas vacías que no cambian nada. Pero Palestina no es un caso aislado. Es el ejemplo más visible de un fracaso global: la hipocresía de la comunidad internacional, que se proclama defensora de los derechos humanos mientras decide a quién proteger y a quién abandonar. África es la prueba más dolorosa. Millones de desplazados, hambrunas devastadoras, guerras interminables en el Congo, Sudán o Somalia. Crisis de una magnitud indescriptible que apenas ocupan unas líneas en los periódicos y ni un minuto en las agendas de los gobiernos. Las cifras están ahí, acumuladas en informes y balances que cualquiera puede consultar; lo insoportable no son los números, sino la pasividad con la que se reciben. La doble vara es descarada. En Europa, la guerra en Ucrania desató una reacción inmediata: sanciones duras, ayuda humanitaria masiva, solidaridad institucional y social. Frente a Palestina, en cambio, solo hay excusas, gestos simbólicos y la normalización del horror. La vida humana parece tener más o menos valor según su pasaporte, su religión o la rentabilidad política de defenderla. La hipocresía internacional no es un accidente, es una elección. Cada resolución que no se cumple, cada condena que no tiene consecuencias, cada negociación que se prolonga hasta el absurdo, significa vidas sacrificadas en nombre de intereses estratégicos. No hablamos de errores burocráticos: hablamos de cómplices con corbata, de guerras por el poder y el dinero, y de asesinatos que se multiplican mientras el mundo mira hacia otro lado. Esa es la lógica de un sistema donde los intereses económicos marcan la agenda y la dignidad humana siempre acaba en último lugar. La vida humana, venga de Gaza, de Goma o de Jartum, tiene el mismo valor que la de Bruselas o Nueva York. Negar esa igualdad es negar nuestra humanidad. Y sin embargo, el mundo ha jerarquizado el dolor: hay víctimas visibles y víctimas invisibles, tragedias que conmueven y tragedias que conviene ignorar. Ese doble rasero no es solo un fracaso político, es una traición moral. La pasividad no es neutra: prolonga la guerra, legitima al verdugo y abandona a la víctima. La indiferencia mata tanto como las bombas. El silencio internacional no es paz, es parte del crimen.