tribuna

La novela argentina de Mariana Enríquez

Sigo en el país de los relatos. Qué aburrido es todo esto. El fiscal general, antes de sentarse en el banquillo, interviene en el debate de genocidio o masacre. ¿Quién lo nombra? Pues eso. Quizá este sea el último servicio que preste. En el fondo se trata de ganar algo que solo se diferencia en un matiz, una batalla semántica que no altera las cosas. De momento, en lo del embargo de armas se la están cogiendo con papel de fumar. Unos días más de respiración asistida después de que algunos medios anuncian que en el Supremo advierten signos de financiación irregular. No voy a seguir comentando esta agonía. No merece la pena. He acabado la novela de Mariana Enríquez que me parece extraordinaria, como todo lo que escribe. Me ha hecho recurrir al diccionario lunfardo de Govelo que tengo por ahí, después de que me lo regalara mi primo Hansi Henningsen. Antes lo usaba para traducir tangos. El lenguaje que emplea Mariana es muy rico y consigue que la entiendan los que no son argentinos. Hay una musicalidad en esta jerga que la hace traspasar las fronteras de la comprensión. Retrata el mundo de los bajos fondos de Buenos Aires, el de la marginalidad, el de las drogas, de los brujos, de las influencias de las iglesias evangélicas y de la degeneración de los padres que abusan de sus hijos menores. Es toda una mezcla que define a una parte de la sociedad marginal en cualquier lugar del mundo, contaminada por el dominio de oportunismos y demagogias que solo son capaces de ser retratadas por una literatura de alcance descomunal. Mariana Enríquez parece que la está cagando, como cualquier argentino de a pie, pero su mérito consiste en que está distanciada de ese ambiente que narra con tanta crudeza y tanto realismo. Vuela sobre un interés intelectual que sobrecoge a cualquiera y, a la vez, provoca la admiración del que se deja guiar para introducirse en un mundo tan arriesgado. Me ha bastado apenas un día para leer esta novela y dejarme introducir en las emociones desconocidas que se descubren en la marginalidad. No es una denuncia, ni la exhibición de una injusticia. Es un retrato descarnado, como el del buey desollado de Rembrandt, que exhibe sus vísceras sanguinolentas solo con la intención de demostrar que la pintura posee también medios para describirlo. La novela también puede ser un manifiesto reivindicativo, pero si solo fuera eso perdería todo el interés. A veces se puede extraer algo de ternura de la miseria y esto es lo que hace Mariana con su escritura. Hay algo curioso. Algo de pasada que me resulta un guiño humorístico, cuando el chico que quiere emigrar cree que Barcelona no está en España. Pero esto no es importante, forma parte de la anécdota, igual que lo es ese hecho político contemplado desde aquí. La literatura sirve para manifestar que existen emociones allí donde sospechamos que solo hay vulgaridad y proyectos de fracaso. Emociones tan poderosas como las de una señorita que sale a pasear a caballo para ser cortejada en una campiña de Inglaterra. También hay poesía en el paisaje sórdido de un barrio marginal de Buenos Aires, en donde parece imposible sobrevivir y hay que pagar un alto precio por respirar. Me ha gustado mucho leer este libro. Lo recomiendo