tribuna

No quedará nadie al volante

Cuando esta racha que estamos sufriendo pase, ya no habrá nadie dispuesto a tomar las riendas de lo público, pues el deterioro y desprecio regados han hundido por completo el poco prestigio que le quedaba a lo que conocemos como política.

Si las ideas se han transformado en balas certeras y en golpes devastadores a los adversarios, el diálogo se tambalea por los rincones de los partidos, ahora en manos de matones y deslenguados a los que ya no les merecemos ni el más mínimo respeto.

Como ciudadanos, estamos inmersos en una marea de despropósitos y desencuentros, casi sin protagonismo y condenados a solo a escuchar, leer y “postear” las mayores barbaridades que salen de sus lenguas como argumentos que esperan que le aplaudamos.

Discutir y sembrar dudas sobre lo que pasa en Gaza, sea del partido que sea un político o una política, es de miserables. En siglos y décadas pasadas, lo que fue un genocidio, así se le llamó y como tal han pasado a la historia. Pero ahora, ya parece que no es así, y la tambaleante Europa, como epicentro de la política y economía de un continente de más de 300 millones de almas, se ha tardado más de 64.000 muertes de ciudadanos, entre niños, mujeres, ancianos… para determinar un tibio acto de repulsa y bloqueo al gobierno israelí y su cruel líder.

La ONU, inoperante ante las calamidades del mundo, también ha esperado a esta escalofriante cifra, que día adía se incrementa, para dictar en su sede el término genocidio. Nada ha cambiado, mientras que Trump, convertido en su propia caricatura, alardea de su dictadura y el ministro de finanzas israelí, un irracional ser humano, alardea de su proyecto urbanístico común tras la operación de demolición de Gaza.

Todo esto duele mucho. Y aquí seguimos, mirando para otro lado, mientras la mentira sigue su curso y las ideas se desvanecen.

En España, también a destiempo, pero con algunos episodios tempranos de rechazo, se ha pedido con contundencia acabar con esta masacre retransmitida en directo, pero sin la unidad precisa cuando los hechos son los que son y el daño es el que es.

A quien opina sobre este asunto desde el filo del carné de su formación política e inamovible posición partidista, les convendría un repaso por su conciencia rota y la empatía escondida en sus sótanos más oscuros, para sentir en la propia piel lo que significa una barbarie como esta, porque hechos como el que sufre la población palestina y la israelí, a raíz del macabro e inhumano ataque de Hamas, pueden brotar de nuevo, porque solo se pueden llevar a cabo si detrás se cuenta con el odio y el apoyo ideológico suficientes.

Hamas alentó y protagonizó los ataques del 7 de octubre fatídico, y Netanyahu ha prolongado el asedio y aniquilación de todo un pueblo con unas prácticas fuera de todo principio racional y humano, tan inhumano como los radicales y criminales que han gobernado Gaza con mano de hierro, a golpe de miedo y plomo.

Hamas debe desaparecer, y nadie puede dudar este principio. Pero, Palestina y su gente debe tener una oportunidad, como la tuvo el pueblo judío tras el holocausto con la barbarie nazi.

A la actual población mundial se la está sometiendo a un duro debate moral, para el que da la sensación de que no se cuenta con la suficiente madurez y conciencia, ya que para la ciudadanía parece que es preferible esperar a la respuesta de los mandatarios, antes de tomar iniciativas que expresen el rechazo a la violencia de Hamas y de Netanhyahu, -salvo las acciones recientes- y a favor de una justicia que por fin nos sitúe en el lugar de la historia que más nos conviene.

Así, no nos ocurrirá lo mismo que a algunas poblaciones cercanas a los campos de concentración en la II Guerra Mundial, a los que se les tuvo que llevar para que pudieran comprobar las consecuencias de la aniquilación de todo un pueblo por parte de Hitler, porque, sencillamente, no habían mirado hacia el lugar correcto.

Todo está cambiando, y no solo el lenguaje y la intensidad con los que impunemente se pronuncian algunas palabras e ideas. La historia se repite y nosotros, los ciudadanos actuales, somos de nuevo protagonistas de esos cambios. Somos los mismos que alentamos a Hitler, los que elegimos o apoyamos los golpes de estado de los dictadores que luego nos oprimieron, somos los que rechazamos al diferente, humillamos al pobre y le reímos las gracias al rico despreciable. Somos, una vez más, cómplices por no tener sentido crítico, por no hablar y actuar en nombre de la verdad y la realidad.

Cuando esta maniobra global culmine su calendario dantesco, ya no quedará nadie que se ponga al volante de este mundo, ahora sin rumbo, pero con mucho populismo en el maletero. El empeño es convertir a este planeta en algo peor para todos y mejor para un puñado, que solo son fuertes por su dinero y las migajas que dejan para que el resto se las dispute.

Cuando la vida no vale nada, o vale en función del color de la piel o condición social, el ser humano pierde su esencia, su fuerza y su verdadera importancia. Discutir lo que pasa en Ucrania, en el conflicto entre Israel y Hamás en Gaza y la intervención de Irán; la guerra civil en Siria, en Sudán, la República Democrática del Congo, y las permanentes tensiones en Yemen o entre India y Pakistán, es mantener este rentable estado de duda, miedo y temor, que ya son suficientes como para pedir un cambio para los que se pongan al volante. 

Parar la Vuelta Ciclista y hacer lo mismo con Eurovisión, son gestos de una sociedad acomodada y que se mueve al volumen y dimensión de su pasotismo y distancia de las desgracias (ambas acciones también han llegado después de más de 64.000 muertos). Es generar otro foco de división con ello, es más de lo mismo y cuando tantos inocentes mueren, nada lo justifica y la condena debe ser clara, porque, cuando la vida de la gente está en juego, aprovecharse o negar la evidencia, convierte a las urnas en el retrete del mundo.

Para conducir esta sociedad, lo primero que hay que hacer es sacar el carné de la decencia, que ya está bien de tanto kamikaze e indocumentado en nuestras vidas.

Lo de Gaza es un genocidio, y no denunciarlo, es otro crimen más.

Quien no entienda esto, que se baje del coche.

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