Vivimos convencidos de que pensamos por nosotros mismos, aunque la mayoría de lo que opinamos, sentimos o defendemos, no nació en nuestra cabeza. Alguien lo colocó ahí, con paciencia, estrategia y precisión. Hay personas que se dedican a eso, a fabricar creencias. No necesitan contarte la verdad, les basta con hacerte sentir que ya la sabías. Cuando algo nos suena familiar o refuerza lo que ya creemos, lo aceptamos sin discutir. La ciencia lo llama sesgo de confirmación, y explica que nuestra mente no busca la verdad, busca coherencia. Preferimos tener razón a tener datos.
Quienes manejan el poder lo saben muy bien. Por eso no necesitan convencerte, solo activarte. Un mensaje bien anclado, una frase repetida, una imagen emocional o un miedo constante, se cuela en el sistema límbico, la parte emocional del cerebro, y desde ahí gobierna todo lo demás. El Nobel Daniel Kahneman lo explica con claridad: el sistema 1 (Emocional) reacciona, el sistema 2 (Racional) justifica. Primero sentimos, luego inventamos una razón que dé sentido a lo que ya decidimos. Así es como muchos odian sin saber por qué, votan sin saber para qué y defienden sin entender a quién. No es casualidad, es diseño.
Durante años nos repiten que los otros destruyen el país, que los inmigrantes nos quitan el trabajo, que la gente no quiere trabajar, o que todo está peor, menos lo que ellos gestionan. Esas frases actúan como anclas mentales que, aunque sean falsas, condicionan todo lo que vemos después. Te hacen aceptar lo malo de los tuyos porque “los otros son peores”. Te hacen creer que la corrupción es inevitable. Te hacen defender causas que, en realidad, te perjudican. Así, poco a poco, dejan de existir los matices, y el mundo se divide entre los tuyos y los otros, entre los buenos y los malos, entre los que piensan como tú y los que, por pensar distinto, se convierten en enemigos.
Esto no ocurre solo en política. También sucede en el consumo, en los medios y en las redes. Cuando lees un titular que te indigna o una historia que refuerza tu visión del mundo, no te estás informando, estás siendo manipulado. Cada clic, cada reacción, cada vez que compartes algo, alimentas un algoritmo que solo quiere una cosa: mantenerte enganchado. Te encierra en una burbuja donde todo lo que ves confirma lo que ya crees. Dentro de esa burbuja no hay verdad, hay confort y el confort es el alimento del sesgo. El chisme, el titular exagerado, el enemigo inventado o el dato sacado de contexto son herramientas para captar tu atención. Cuando te tienen ahí, ya no necesitan convencerte. Solo tienen que seguir alimentando el relato. A partir de ese momento, tú harás el resto. Defenderás lo indefendible, atacarás sin pensar, repetirás argumentos que no son tuyos, pero que sientes como propios. No porque seas débil, sino porque así está diseñada tu mente.
Canarias no escapa de esto. Aquí también nos anclan al “nos roban”, al “nos ignoran”, al “todo va mal”. Mientras tanto, los que fabrican esos relatos se reparten el poder, las ayudas y los titulares. Y tú, que crees estar cabreado por justicia, en realidad estás cabreado por diseño. Los poderosos saben bien cómo sembrar indignación en el terreno fértil del pueblo. Siembran miedo, siembran división, siembran odio y mientras los demás discutimos, ellos siguen mandando. Despierta. Si no eliges tus creencias, alguien las elegirá por ti. Cuando eso ocurra dejarás de ser un ciudadano libre para convertirte en una herramienta útil. Lo peor de todo es que ni siquiera te darás cuenta.
*Fundador y propietario de Dormitorum
