El 11 de octubre de 2025 recibí a traición la triste noticia. Me habían dicho recientemente que parecías recuperarte y tenía la esperanza de que eso así fuera. Pero la vida va de otra cosa. Fue hace casi un año, concretamente el 17 de octubre del año pasado, cuando nos encontramos en la Real Academia con ocasión de las II Jornadas Architecta Musica, a las que asistimos para disfrutar con las conferencias Caligrafías del espacio de Evelyn Alonso Rohner y José Antonio Sosa Díaz-Saavedra, e Interpretaciones arqueológicas. Arquitectura para Atlántida de Ángela García de Paredes de Falla (que junto a Ignacio García Pedrosa habían sido distinguidos pocos meses antes con el Premio Nacional de Arquitectura 2024).
Dos magníficas disertaciones que nos alegraron y que pudimos comentar entre todos, sentados distendidamente durante un rato en torno a la mesita de un bar próximo, en la Plaza Ireneo González, a las puertas de la Academia. Evelyn, Pepe, Ángela, Arsenio, Diego Gopar, tú y yo. Al terminar, muy pronto, pues a Evelyn, Pepe y Ángela, los esperaban para ir a cenar, me dijiste no encontrarte del todo bien. Y así nos despedimos, con la idea de algo sin importancia y pasajero, y el deseo de retomar en unos días la conversación que en ese momento tuvimos que dejar.
Sin embargo, la enfermedad de manera rauda todo lo trastocó.
Solo pude verte y saludarte unos meses después, durante un instante fugaz, al coincidir contigo, tu mujer y tu hijo, en la entrada al acto de presentación del libro Materia contemporánea, Javier Díaz-Llanos y Vicente Saavedra, 50 años de arquitectura, de José Manuel Rodríguez Peña y Rafael Escobedo de la Riva, una tarde de mayo de 2025 en TEA. Momento que nunca he podido esquivar de mi recuerdo desconcertado por la torpeza que me embargó.
Deseé darte un sentido y fuerte abrazo y no supe. Durante los últimos años hemos compartido de manera frecuente y muy próxima, con la arquitectura como pasión común, largas conversaciones, preocupaciones y anhelos, y, sin embargo, mi cuerpo, en aquel momento del reencuentro, se atenazó. Siempre me arrepentiré por no haber intentado ese abrazo, y nunca me cansaré de pedirte perdón por ello.
No insistamos aquí sobre todo lo que a la profesión le has brindado, que ha sido muchísimo y en unos niveles de excelencia muy difíciles de superar, pero sí quisiera de una manera muy sucinta recordar y comentar dos referencias propias de las particularidades que te significan.
Una primera, en relación a tu generosidad y desvelos por la difusión del trabajo de los demás, tiene que ver con la época en la que fuiste director de la revista BASA del Colegio de Arquitectos de Canarias. En el número 10 del año 1989 incluiste el artículo que redactaste y dio nombre a dicho ejemplar La poética artesanal del hormigón, aportando una primera y extraordinaria aproximación disciplinar a la obra de Javier Díaz-Llanos y Vicente Saavedra.
Hoy, tras más de treinta y seis años de su publicación, lo he vuelto a releer, sorprendiéndome por su calidad y rigor, intensidad conceptual, lúcida visión contextual, profundidad analítica, riqueza referencial, y perspicaz crítica. Desarrollado en una época compleja y confusa, con clara pérdida de referencias para el ejercicio de la profesión, ya nos advertías por entonces sobre la necesidad inexcusable de “reivindicar cada cierto tiempo aquellas prácticas profesionales en las que los recursos compositivos y formales (estén) inspirados muy directamente en una investigación profunda sobre los elementos constructivos empleados … (realizando) una arquitectura que se identifique como plenamente moderna aprovechando los escasos recursos tecnológicos del lugar en que se desarrolla”.
Análisis críticos y reflexiones que -junto a muchísimos de tus estudios, escritos, artículos, ensayos, foros digitales, revistas, y libros- perdurarán para siempre como parte inexcusable de la historia de la arquitectura, del urbanismo, del paisaje, y de la cultura con mayúsculas en Canarias.
Y una segunda, referida a la calidad de tus proyectos y obras concretas, tiene que ver con una experiencia personal que tuve la oportunidad de vivir unos días antes de la celebración de la mesa redonda que sobre Arquitectura actual en Canarias, vinculada a la exposición RACBA (Real Academia Canarias de Bellas Artes)175. Narrativas del Arte. Acto II, en la que participé junto a Magüi González y a Fernando Menis, se celebró durante el pasado mes de abril en TEA.
Habías elegido para la exposición la Casa Museo de la Sierva de María en El Sauzal (realizada junto a Cristina González Vázquez de Parga, y por la que obtuvieron una mención en los Premios Oraá de Arquitectura de Canarias en el periodo 2002-2003).
Como no conocía el trabajo, un sábado o un domingo anterior, no lo recuerdo bien, me acerqué en solitario al lugar. Callejeé, bajo esa luz fresca y nítida tan especial de los mediodías del Sauzal, disfrutando de sus empinados y bellos pasajes hasta encontrar el rincón que buscaba. Lo reconocí, en la esquina, por la fantástica fotografía de Duccio Malagamba que anteriormente nos había compartido. Un remanso de paz, un jardín a la sombra de altas palmeras entre pequeñas construcciones de tiempos sucesivos.
“El proyecto acondiciona la casa natal de Sor María de Jesús, conocida como la Sierva de Dios, personaje del siglo XVII profundamente venerado por los tinerfeños y cuyo cuerpo incorrupto se encuentra depositado en el Convento de Santa Catalina de Siena de la ciudad de La Laguna. La construcción original respondía a los parámetros típicos de una pequeña vivienda tradicional rodeada de espacios destinados a huertos y corrales con destino al consumo doméstico … El encargo presuponía la habilitación de una serie de espacios complementarios que permitieran una introducción expositiva a la vida y obra de Sor María de Jesús a los visitantes de la casa natal. Y, a su vez, la restauración del edificio original para albergar mobiliario y enseres que reflejaran el característico modo de la vida rural de Tenerife en el pasado”.
Palabras recogidas de tu página digital; aunque prefiero llegar a los sitios vacío de saber – observar y descubrir -, y dejarme llevar por sensaciones, intuiciones y sentimientos.
Sentado en un murete de piedra, en medio del jardín, a la sombra de las ramas que suavemente valsean la luz, en ese reducido, menudo, y sereno espacio de tiempos sucesivos, resultado de necesidades y anhelos ahora entrelazados, me sorprendo, Federico, estando junto a ti.
El pavimento de hormigón bajo mis pies, mullido por el moho y la humedad, lo has cortado como quizás sólo tú podrías haberlo hecho en ese lugar. La sencillez o mayor complejidad de los detalles de los muros aquí y allí, son como tú eres, en ese diálogo con la piedra y la madera ininterrumpido de dudas, certezas y esperanzas. Un espacio que es tu oasis, y que respira de ti. Un jardín, un espacio sin esquives que dialoga entre tiempos desde el sosiego, la calma, la paz.
Un remanso sin dobleces, de brillos, de hojas, de verdes y pardos, de materiales nobles, de huellas y crujidos tenues, de pájaros – los de Luis Feria y los de todos los poetas que tu admiras -, de fragancias y brisas suaves, donde nada podrá interrumpir nuestra larga conversación, aferrado a tus imperecederos detalles y a lo que nunca, nunca, dejarán de contarnos jamás.
