Donde estamos en este momento es en territorio desconocido. Hablo de la súbita paz que se cuece en Gaza a estas horas y del escenario futuro lleno de incertidumbres. Hoy se cumplen dos años de la guerra malvada, tras el terrible ataque de Hamás. Pero nunca digas jamás.
El planeta Trump se ha salido de órbita y está yendo hacia donde no quería ir. Sus seguidores en América, en Europa y en España han perdido el norte con el cambio de rumbo insospechado. Tiene una explicación: el republicano impulsivo encañona narcolanchas y subvierte los estados demócratas que no le votaron, pero quiere un Nobel en su vitrina. Netanyahu ya está amortizado.
Mi impresión es que si el viernes le dieran el Nobel de la Paz a Trump, eso ayudaría a que no se tuerzan las cosas, para disgusto del israelí, que, de nominarlo cuando eran cómplices, ha pasado a desear que no se lo den para tener carta blanca y proseguir el exterminio.
Los testimonios de los retornados tras el asalto a la flotilla hablan del talante del Gobierno de Israel. El ministro de Seguridad, el ultra Ben Gvir, los puso a todos de rodillas en el puerto y los insultó: “Son unos terroristas”. La crónica del enviado especial de El País, Carlos de Barrón, recién liberado, retrata a un Estado gansteril: “No hay médicos para animales como vosotros”, aullaban los carceleros. Agreden y maltratan, no es un país de fiar (EE.UU.
tampoco). No doy un céntimo por las negociaciones con Hamás. Israel no negocia, espera 72 horas a que el Nobel se chafe, para volver a empezar.
Por eso, he llegado a una triste conclusión, mal que me pese. Lo mejor que podría suceder es que el presidente más pendenciero que ha tenido EE.UU. recibiera su Nobel, pero no lo tiene fácil. Su plan de tres folios y veinte puntos es, de momento, su mayor éxito pacificador, contra la voluntad del lobby judío estadounidense, históricamente omnipotente, que cabildea en estado de shock. Por el Nobel, Trump ha mutado en el antiTrump, con un fariseísmo de estraperlo.
Uno de los escritorios más famosos del Despacho Oval es el Resolute, donde el hijo de Elon Musk le pegó los mocos cuando la esperpéntica rueda de prensa del padre con el niño a la pela. Trump mandó restaurar la mesa y ya ha vuelto a firmar sus órdenes ejecutivas en ella. Tras el legendario despacho grabó un vídeo vendiendo su paz en Gaza y dando las gracias a todo el mundo. Un mundo, por cierto -Europa, en particular-, que ha salido a la calle perturbando la paz de Netanyahu por su masacre, que la Corte Internacional de Justicia estudia calificar de genocidio a instancias de Sudáfrica. A eso se le suma que la Corte Penal Internacional ordenó su arresto por crímenes de guerra y de lesa humanidad. ¿Viene caminando su Núremberg? Si hay paz, la resaca se pondrá cuesta arriba para él.
El alto el fuego real pende del Nobel. Para qué negarlo. Israel ha seguido matando a cuentagotas niños y adultos, haciendo oídos sordos al “¡paren las armas ya!” de Trump. El trágala del Nobel. En Tel Aviv se manifiestan contra Netanyahu, ya no contra Trump. Si le dan el cetro, serán liberados los rehenes, saldrán los palestinos de la cárcel y Hamás -como en su día ETA- deberá acatar su desarme. Que Trump gane el Nobel y que podamos celebrar la paz. Por descabellado que sea.
Consuela recordar el Nobel fraude de la Paz del 73 a Kissinger por los acuerdos de Vietnam, pese al golpe de Estado de Pinochet ese año. Al ignominioso antecedente, se añade el de Obama, que fue de bienvenida y con carácter preventivo. El Comité Noruego que los concede tiene fama de acomodaticio. Nos conviene que lo sea.
O vuelve la guerra a Gaza, como anhela el político humillado en blanco y negro por Trump, que lo obligó a pedir disculpas telefónicas a Catar por el bombardeo de Doha. Estoy más nervioso que el interesado por que le den el Nobel tapándome la nariz, a sabiendas de que es bastante improbable.
Las manifestaciones -lo más digno de estos días de comedia- por el genocidio, y no por el odio y la inmigración, han traído de vuelta las viejas utopías a la calle. Aznar, ajeno al movimiento de ficha, había postulado que se dejara a Israel acabar su trabajo o en Occidente lo lamentaríamos. Trágame tierra. Y Ayuso se reía de la flotilla y los pañuelos palestinos. Los dos están en offside, como Orbán y Le Pen, y Feijóo no sabe, no contesta, bajo la penumbra de las encuestas que le dan empate técnico con el PSOE y un Vox al galope por detrás.
El remate de esta histeria que un día llamaremos historia es que Trump se ha disfrazado de Sánchez parando en seco a Israel y el viernes sabremos cuánto dura la metamorfosis.
