Camino por la calle y escucho conversaciones. Somos cada vez más conformistas. No cuestionamos, solo copiamos. No pensamos, imitamos. Seguimos la corriente sin saber a dónde lleva. Nos creemos libres porque opinamos, pero en realidad recitamos lo que otros ya dijeron. No hace falta que nadie nos manipule: ya lo hacemos solos. Nos repiten consignas, las hacemos nuestras y las defendemos como verdades. La manipulación se ha vuelto rutina, y la rutina, sistema. La educación cada vez es menos libre. Se enseña poco a pensar y mucho a repetir. Limitamos nuestro conocimiento, perdemos la perspectiva. Se recortan las humanidades, se reescribe la historia y se reduce el mundo al tamaño de un temario. Un pueblo que no conoce su historia ni entiende el mundo es fácil de manejar, fácil de distraer, fácil de callar. Estamos criando una generación que me niego a llamar perdida, pero sí privada del pensamiento crítico. Les enseñamos a buscar respuestas rápidas, no preguntas incómodas. A mirar pantallas, no rostros. A seguir tendencias, no ideas. Y ahora la inteligencia artificial, mal entendida y peor enseñada, viene a confirmar lo que ya éramos: cómodos, dependientes y poco acostumbrados a pensar por nosotros mismos. Los que me conocen saben que hablo mucho, pero escucho y observo más. Y lo que veo es inquietante: palabras vacías, ideas prestadas, pensamientos repetidos. El diálogo se ha convertido en un intercambio de consignas, no de ideas. Escuchar parece un signo de debilidad, y discrepar, una amenaza. Hemos confundido respeto con silencio, y libertad con gritar más fuerte que el otro. Hemos cambiado el pensamiento por la comodidad, la reflexión por el lema y la conversación por el ruido. Y así quieren tenernos: dóciles, enfrentados, distraídos. Lo peor es que ya ni nos importa. Nos hemos acostumbrado a vivir sin pensar, sin preguntar, sin escuchar. Perdimos el pensamiento, y aprendimos a no echarlo de menos. Nos resignamos a ser espectadores de lo que nos pasa. Opinamos sin saber, seguimos sin mirar, aceptamos sin entender. Tal vez la verdadera esclavitud sea ésta: vivir convencidos de que elegimos.
NOTICIAS RELACIONADAS

