Extraordinaria Irene Vallejo en su artículo “Los dientes del odio”. Dice que la temperatura del odio está calentando aún más deprisa que el clima. Son temperaturas distintas, pero esta última genera también mucho odio y mucho negacionismo. Dice que la raíz od, que tiene que ver con el dolor, está tanto en odio como en odontólogo. Por tanto el odio es tan molesto y urgente de calmar como un dolor de muelas.
Sin embargo, ahora parece ser el nutriente principal de los algoritmos y no entendemos una información si no viene adobada por ingentes cantidades de este espécimen provocador. Abro las páginas digitales de la prensa cada mañana y solo destilan odio. La propaganda se ha convertido en odio o se basa en él. Todo tiene una traducción polarizada hacia el desprecio por lo contrario, pero nadie sale al paso para advertir que esa es la peor pandemia por la que atraviesa nuestra sociedad. Nadie avisa de que es el Leviatán que acabará devorándonos.
Hay hasta poetas odiadores, cuando nos habían dicho que en sus fuentes hallaríamos los motivos para el amor, la paz y el entendimiento. La ruindad es azuzada desde el graderío como si estuviéramos en el Coliseo contemplando un encuentro entre gladiadores, pero los gladiadores somos nosotros mismos, alimentando un instinto perverso para devorarnos el hígado, como decía Vinicius de Moraes en A tonga da mironga do kabulete. Vinicius se definía como poeta y exdiplomático, ambas cosas dentro del ámbito de la mesura, por eso nos invitaba a contemplar una puesta de sol en Itapoha en lugar de simular saltos amenazantes en una capoeira.
El odio tiene que ver con los dientes, según Irene Vallejo. Por eso los maoríes se los enseñan a los contrarios antes de morderse las entrañas en un partido de rugby. Hasta de la paz hacemos un ejercicio de odio, también de la muerte, de los imponderables, de los accidentes climáticos y de las misas de difuntos.
Hay odio en las expediciones en son de paz de las ONG, hay odio en la historia, que no se entendería sin la existencia de éste, hay odio tanto en la resistencia como en el ataque, porque el odio se ha convertido en el motor de nuestro crecimiento, cuando en realidad nuestra garantía de vida no se basa en que mis vísceras no se puedan ni ver, ni en que mis células nerviosas no se pongan de acuerdo unas con otras sino a la inversa.
Cuando esto ocurre voy corriendo a urgencias para tratar de resolverlo, pero si le sucede al grupo social al que pertenezco lo alimento porque alguien me dijo un día que podía sacar beneficio. Sacar partido se dice vulgarmente. Una palabra que coincide con la que se usa para designar a organizaciones políticas. Partido viene de parte, es decir, de división. Tendríamos que hacérnoslo ver, pero aquí lo malo siempre le ocurre al otro.
Nuestros órganos están sanos en nuestra manera egoísta de contemplar la realidad. Lo único que pretenden es protegerse del contagio de los que están enfermos, que siempre son los que nos rodean y nos acosan. ¡Qué difícil es vivir en un mundo donde una mitad se sienta acosada por la otra! El final sería la extinción, la cancelación y la derrota de los que no piensan igual, pero qué futuro sería este.
¿Alguien de verdad lo considera como lo más deseable a no ser que esté prisionero del fanatismo? La verdad, como siempre, está solo de una parte e intenta expandirse hasta llegar al final del proyecto irrenunciable de uniformarnos a todos bajo la misma bandera. Para eso sirve el odio que, como dice tan acertadamente mi admirada Irene Vallejo, está íntimamente ligado con el dolor.
