tribuna

Identidad frente a un mundo roto

Soy un fiel creyente de la influencia que tienen las condiciones materiales de vida en todo. Entre otras cosas, sobre cómo pensamos. También tengo clarísimo que estas condiciones materiales no marcan indefectiblemente cómo actuamos, ni cómo nos posicionamos, ni qué intereses defendemos.

Realmente, lo que estoy diciendo en una perogrullada, es tan obvio que se demuestra, por ejemplo, en los resultados electorales año tras año. Ya saben aquello de que si un obrero y un banquero votan al mismo partido, uno de los dos se equivoca… y los banqueros no se suelen equivocar. Pues eso.

¿A dónde pretendo llegar con esta reflexión inicial? Pues a que las transformaciones sociales, los cambios económicos, políticos y culturales a lo largo de la historia humana han tenido mucho que ver con imaginarios, con expectativas proyectadas, con sentir comunes, con identidades colectivas. Dicho mal y pronto: estar jodidas no sirve automáticamente para cambiar un sistema económico, un modelo productivo o un gobierno. Se necesita sentir pertenencia a algo que configure una nueva realidad, que la proyecte, que te permita imaginarla.

Vivimos en un mundo despiadado, estructurado en sociedades que cargan todo el peso sobre las espaldas de la gente común y corriente, y esto hace que mucha de esa gente esté al límite o ya lo haya sobrepasado -para su desgracia-. Uno no tiene más que analizar su realidad más cercana o pararse a hablar con un mínimo de profundidad con cualquier familiar, vecino o compañera de curro. Hace unos días, me decía una amiga: “La peña está rotita”. Y es normal, por supuesto que es normal.

No puedes conseguir casa por mucho que busques y eso te impide tener un proyecto de vida independiente. Eso genera frustración, mucha. Te matas a currar una tonga de horas, semana tras semana, y a pesar de eso vives siempre apurada y no puedes permitirte casi ningún “lujo”. Canarias tiene la tasa más baja de todo el Estado en nacimientos por mujer, y es lógico. Llevamos ya varios años batiendo nuestro propio récord de suicidios, cada dos días un canario o una canaria decide que ya no aguanta más. ¿Y acaso no es desgraciadamente lógico también?

Este “vivir rotas” se nota a todos los niveles: en nuestra salud, en nuestras relaciones personales y familiares, en nuestra vida afectivo-sexual, en nuestra capacidad de organizarnos colectivamente, en nuestro ocio, en nuestra alimentación, en nuestras ganas de levantarnos de la cama o en la dificultad para dormirnos en ella. En todo, se nota en todo. Y por supuesto, tiene expresiones políticas.

Es innegable que una parte importante del crecimiento de la extrema derecha, a parte de la lluvia de millones que reciben de las élites globales y el apoyo mediático sin disimulo, tiene que ver con la capacidad de generar adhesiones por la vía identitaria. Usar símbolos sencillos -banderita-, crear enemigos comunes -cualquiera que sea más pobre y más tiznado que tú- y proporcionar una batería de argumentos fáciles de usar -da igual si son falsos o no, esto no va de escrúpulos, va de generar mayorías y lo tienen clarito-. Con todo ese cóctel, transmiten la sensación a una parte de la población de que pertenecen a algo, de que son un grupo, una comunidad de “iguales” que se defiende ante “las agresiones” externas y que pone sobre la mesa la posibilidad de un futuro mejor.

Por supuesto, ni es una comunidad de iguales ni hay un futuro mejor a la vuelta de la esquina, pero eso es lo de menos, lo importante es que crean una identidad que genera adhesiones en una sociedad de expectativas y de personas rotas. ¿Es esta la única expresión política posible? Por supuesto que no, si así lo fuera no estaría escribiendo esto, estaría llorando por las esquinas, pero afortunadamente ya saben que la historia humana juega a nuestro favor y hay ejemplos claros de identidades transformadoras que no se basan en el odio, la mentira y la desigualdad.

Sin ánimo de extenderme más de la cuenta, es obvio que los estados del bienestar, los servicios públicos y las llamadas democracias en las que vivimos nacen del poder que tuvo, durante gran parte del siglo XX, el movimiento obrero. Y por supuesto, es literalmente imposible concebir, entender y analizar ese poder sin la poción mágica que lo hizo posible: la identidad. La conciencia de clase. Nuestras madres, padres, abuelas y bisabuelos consiguieron colectivamente que ser de clase obrera fuera un orgullo y lo convirtieron en sinónimo de derechos tangibles, de estabilidad, de seguridad y sueños alcanzables de una vida mejor.

Es verdad que esa identidad no pasa por su mejor momento, pero sería pretencioso e injusto decir que está muerta. Digamos que está en disputa y la vamos perdiendo… de momento. Entonces, ¿de qué otra identidad hablamos? Obviamente de la nuestra, el papel que juega y está llamado a jugar la identidad canaria en los procesos de transformación en nuestra tierra es central. Es una identidad moderna, renovada por un sector cultural pujante, muy joven, que generó y genera multitud de nuevas narrativas bebiendo del valioso legado de las generaciones anteriores; una identidad transformadora que hizo suya la certeza de que Canarias no es infinita, que necesita parar, cuidarse, decrecer y pensar colectivamente cómo afrontamos el futuro. Una identidad orgullosa y desacomplejada, que es consciente de nuestro talento, nuestras capacidades y del lugar que ocupamos en el mundo que nos rodea. Una identidad solidaria e inclusiva, que desde el empoderamiento y la protección de lo nuestro no se construye odiando a lo diferente.

Y sobre todo y quizás más importante, una identidad hegemónica, de mayorías, que trasciende por mucho los reducidos marcos ideológicos y que nos da la certeza de que, articulada y organizada, va a ser la palanca de transformación de unas islas cargadas de sufrimiento, pero también de futuro, que aspiramos a ser un lugar donde vivir reconstruyendo todo lo que el modelo económico impuesto rompió dentro y fuera de nuestros cuerpos y nuestras vidas.

*Concejal de Drago Verdes Canarias en La Laguna