Trump se queda sin el Nobel y se lo lleva María Corina Machado. El escenario del Mediterráneo se muda al Caribe en una operación de descrédito internacional hacia Nicolás Maduro. A nosotros nos debería enorgullecer que lo ostente una hispana, pero creo que estamos en la misma tibieza. La izquierda, se diga lo que se diga, apuesta por el dictador y ella es una opositora fascista. El País ha cambiado el titular por culpa de Estocolmo y la denuncia del Gobierno chavista a Naciones Unidas por la amenaza de una invasión militar de Estados Unidos se ha diluido ante la rotundidad del reconocimiento internacional. Zapatero lo celebrará con la boca pequeña y en Moncloa se harán las congratulaciones protocolarias sin haber aclarado aún lo de Delcy. Ábalos y Koldo irán a la cárcel pero no abrirán la boca. Alguien dirá que el Nobel se está derechizando y los admiradores de Murakami seguirán llorando por las esquinas un año más. Murakami tiene muchos lectores, pero su calidad literaria no me parece del todo convincente. El Nobel de María Corina puede resultar un símbolo. Se ha dicho que lo de Gaza provocará un cambio en la política de Oriente Medio y, por tanto, en el escenario mundial. Lo de María Corina podría ser el equivalente en el continente sudamericano. El mundo hace tiempo que ha entrado en una fase insoportable, donde mandan el desentendimiento y los intereses ideológicos. Son muchas las voces que alertan de esta situación. España podría ser un crisol donde se reflejan estas luchas que no conducen a ninguna parte. Se habla del autoritarismo como la gran amenaza de la democracia y en esto se sitúan figuras como Trump, Netanyahu, Maduro o Putin. A Netanyahu le han doblado el brazo, igual que a Hamás, por la debilitación de quienes los apoyaban. Quedan por ahí algunos reyezuelos desestabilizadores que acabarán destronados a fuerza de presión internacional. Lo del Nobel en este caso es bastante eficaz. Irán a perdido esta batalla y Venezuela ha perdido también a su aliado de oro. Estocolmo ha demostrado sensatez acertando en su decisión, a pesar de que al japonés no lo reconozcan si vende más libros que ninguno. El Nobel de la paz tiene una gran fuerza política, no solamente acredita la neutralidad de los galardonados, como fue el caso del presidente Carter, sino que aumenta el liderazgo de parte de la razón, como sucedió con Nelson Mandela. El Caribe es otro foco al que hay que prestar atención y, en este sentido, España debería rectificar algunas cuestiones de fondo que están perdidas en la diplomacia de la indefinición. Ahora solo falta que Albares diga que el premio ha recaído en una mujer de habla española gracias a la influencia de Moncloa, que últimamente se ha convertido en la clave de todo.
