decalcomanÍa 293

Savoir fair

La elegancia, distinción, el arte de disfrutar de la vida (savoir fair) es consustancial al chovinista pueblo gabacho, tintado de naftalina, revolución, imperio, ilustración, romanticismo y tragedia. Lo hemos visto en el reciente encarcelamiento de Nicolas Sarkozy, expresidente de la República Francesa. En su equipaje de mano dejó a la vista dos libros que ya le acompañan en los primeros silencios: El conde de Montecristo, el clásico de Alejandro Dumas, y El Jesús de la historia, de Jean-Christian Petitfils. Confuso Nicolás. La sed de venganza no marida con la mejilla del cristianismo. Probablemente huya de la única certeza, de la angustia y su contrario, del orden que destilan Los Campos Elíseos de Haussmann. Dejemos que la única verdad muera con el jacobino Robespierre en la guillotina. La condena en La Santé se sobrellevará inmerso en la duda. No es momento para el realismo que relatan nuestro don Benito o los franchutes Honoré de Balzac y Victor Hugo. Con Los Miserables a otra parte y a superar con estoicismo la adversidad con duchas de agua fría, como hacía Mario Conde en Alcalá Meco. En una entrevista reciente publicada en el diario El Mundo cuenta como la reciedumbre fue resistencia: “Un médico americano me enseñó que en el peor momento hay que enfrentarse a lo que más odias y cuando mis nervios y mis fuerzas flaqueaban me metía una ducha de agua fría. Gracias a eso sobreviví. Me dije: ‘No te pueden ganar’. Y no lo hicieron”. Pero el exbanquero también se refugió en las letras. La biología es andamio, pero sola es incapaz de aguantar la salud del ánimo, esencial cuando el destierro marca la pauta. Necesita la palabra. Memorias de un presoabrigó los quince inviernos fríos de alta seguridad.

Unamuno, en Fuerteventura, lo tuvo más fácil. Jugaba en casa. El intelectual encontró en sus incontables lecturas y en la creación (artículos, poesía y dos libros: De Fuerteventura a París y Alrededor del estilo), la evasión a la sequedad del viento. Cuatro meses fueron suficientes para reafirmar sus pensamientos libertarios en aquel rincón de España, penal olvidado al aire libre.

Los veintisiete años a la sombra de Nelson Mandela firmaron otra amargura. Difícil ponerse en la piel cuando lo ordinario es tocar la calle, oler sonrisas sinuosas y saborear la brisa que alumbra. En ese temple roto el verso salvó al político sudafricano. Invictus, de William Ernest Henley, iluminó la oscuridad: “En la noche que me envuelve, / negra, como un pozo, insondable, / le doy gracias al dios que fuere, / por mi alma inconquistable”.

No sé. Quizás el cautiverio es el mejor escape. En medio de la violencia, de la indignación generalizada, del desencanto, dormir en la trena es descansar de la multitud soez. A veces espanta la libertad. Se envidia al niño dormido. Mejor que no despierte. Pobre niño. Quisiéramos reír como una niña y no verla muerta tras el suicidio. Pobre niña.

El ornato del asfalto (insulto, riña, esputo, pedo, injuria, basura, porno, porno, porno…) fascina. El libre albedrío se corrompe en la brutalidad. Ni siquiera la antorcha marca el camino. Terribles pinturas negras. Osados protagonismos. Ya no sabemos dónde está el presidio: dentro o fuera. Confunde, incluso, el anónimo Romance del prisionero: “Que por mayo era, por mayo, / cuando hace la calor, / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor, / cuando canta la calandria / y responde el ruiseñor, / cuando los enamorados / van a servir al amor, / sino yo, triste, cuitado, / que vivo en esta prisión, / que ni sé cuándo es día / ni cuándo las noches son, / sino por una avecilla / que me cantaba al albor. / Matómela un ballestero; / ¡dele Dios mal galardón!”.

María Luisa Hodgson
Iluestración: María Luisa Hodgson