tribuna

¿Tiempo añadido o tiempo de descuento?

Por Marcial Morera

Uno de los descubrimientos más trascendentes de la moderna teoría de la comunicación es el hecho de que la relación entre las palabras y las cosas que estas designan es tan arbitraria como la relación que existe entre la parte material o significante del signo lingüístico y su parte espiritual o significado, como había enseñado ya el creador de la lingüística moderna desde principios del siglo XX. Precisamente por ello existen lenguas y dialectos distintos y también por lo mismo es posible cambiar los nombres tradicionales de las cosas sin el más mínimo problema, como hacen los poetas, por ejemplo, que han llegado a llamar “balas del profundo océano” y “raudos torbellinos de Noruega”, en lugar de “atunes” y “halcones”, como hace el común de los mortales, a los túnidos y a las aves de cetrería, respectivamente. En la arbitrariedad que preside la relación entre las palabras y sus designaciones, se asienta en buena medida la libertad del ser humano, que puede significar las cosas como mejor le plazca (incluso, de forma antitética), en función de sus necesidades expresivas, sus particulares puntos de vista, sus intereses particulares, su sensibilidad, etc.
Es lo que sucede, por ejemplo, en el lenguaje del arbitraje, donde el tiempo de juego que se ha perdido a lo largo de los encuentros y que, por tanto, debe recuperarse al final, es designado indistintamente en español tanto con la expresión “tiempo añadido” como con su antónimo lingüístico “tiempo de descuento”, sin que esta diferencia idiomática tan radical afecte lo más mínimo a la identidad del referente. Pero que expresiones semánticamente tan distintas confluyan en la misma designación, no quiere decir que tengan el mismo significado, pues el punto de vista del hablante cambia radicalmente de una a otra.
En la fórmula “tiempo añadido”, el punto de vista del hablante es de suma o adición: lo que se indica en ella es que el juez del partido decide añadir un tiempo determinado (un minuto o varios) al tiempo que indica el reglamento (90 minutos, si se trata del deporte del fútbol), sin más, sin indicar la razón de ese incremento, que sólo se conoce por el contexto. Digamos que aquí el concepto de prolongación se expresa lingüísticamente y su causa, extralingüísticamente. Desde esta perspectiva, el partido de fútbol puede durar más de 90 minutos reales, sin que ello contradiga lo que mandan las leyes deportivas.
Por el contrario, en la fórmula “tiempo de descuento”, el punto de vista del hablante es de resta o substracción: se indica que quien tiene facultad para ello, que es el árbitro, ha descontado tantos o cuantos minutos del tiempo que los jugadores han estado en el campo, porque esos minutos no se han jugado, y que, por tanto, deben recuperarse, para cumplir con las exigencias del reglamento. Al contrario que antes, lo que se expresa ahora lingüísticamente es la causa de la prolongación, en tanto que el concepto de esta se infiere del contexto.
Aquí radica la diferencia semántica entre dos expresiones lingüísticas que, aunque parezcan sinónimas, no lo son en absoluto: en “tiempo añadido”, lo que tenemos es simplemente la descripción de un hecho, que induce a pensar que el partido dura más tiempo del que establece el reglamento; en “tiempo de descuento”, lo que tenemos es la justificación de un hecho: el árbitro ha decidido descontar minutos del tiempo que los jugadores han estado en el campo; el tiempo que no se ha jugado y que, por tanto, debe recuperarse, para cumplir con lo que marca la ley. Desde esta perspectiva, el partido dura exactamente lo que indica el reglamento, ni un minuto más ni un minuto menos.
Lo que ponen claramente de manifiesto casos como el que comentamos es que, al contrario de lo que suele pensarse, lo que se llama tradicionalmente “sinonimias” no son propiamente equivalencias semánticas, sino equivalencias o confluencias designativas. Todo cambio de nombre conlleva siempre cambios conceptuales, ideológicos, culturales o expresivos más o menos profundos. El hecho alcanza relevancia especial en el mundo de la poesía y en el mundo de la dialectología, donde las palabras presentan un valor expresivo particular. Porque es evidente que expresiones como “Ruina de volcán esta montaña”, que dice el primer verso del soneto 16 del doloroso diario de confinamiento y destierro de Miguel de Unamuno, o “alongarse” del español de Canarias, por ejemplo, nada tienen que ver con expresiones como “Esta montaña es un volcán en ruina (o un volcán ruinoso)” y “asomarse”, respectivamente, que pasan por sinónimas. Como ha advertido la crítica literaria moderna, la clave de los textos, sean literarios o no, no radica en su llamado “fondo” o referencia, sino en su “forma” o expresión lingüística.