Entre pitos y flautas, entre 1975 y 2025, que ya expira, han transcurrido cincuenta años. Este latiguillo del medio siglo nos remite a Franco, al rey Juan Carlos, al Sáhara y a la Transición. Y lo inquietante es que flote en el ambiente la amenaza encubierta de una vuelta atrás.
Los baby boomers de la generación que emergió entre mediados de los años cuarenta y sesenta vivimos como unos bebés barbados el parto que produjo el cambio y la transformación del país, y que nos integró en Europa y en Occidente políticamente hablando, tras decenios de aislamiento. Éramos fruto de la gran explosión demográfica tras la Segunda Guerra Mundial. Con esas credenciales hemos llegado hasta aquí. Nuestro marco vital ha sido único en su género: provenimos de los años de plomo y somos víctimas de la gran estafa del trampantojo de la paz.
Mi hermano Martín y yo nos abrazamos a la música popular como si apretáramos las crines de un caballo loco. Y de ese tiempo desbocado solo recuerdo que no paramos de cabalgar. Ahora, con todas las prisas que nos damos, tengo la sensación opuesta, vuelve el inmovilismo.
Los signos de este tiempo son retrógrados y peligrosos. El señor de la Casa Blanca arrasa con todo y ordena hacer ensayos nucleares. Y Putin no ha tardado en copiarle la idea. Entre los hábitos infames de esta década, se mata a diario en guerras interminables, el hambre se ha cebado con los niños de Gaza y no olvidemos que también lo hace con los de Sudán. El tic de la violencia es el gen dominante de esta era. La tentación es matar, bombardear, hacer añicos las vidas humanas. Por eso hay un rearme generalizado. A Sánchez le afean que aporte menos gasto a la OTAN. En esta espiral de fuego, es un anatema.
Cuando Franco murió, el 20 de noviembre de 1975 (la próxima semana hará medio siglo), teníamos candente el golpe de Estado de Pinochet. Escribíamos en la revista Triunfo, donde la caída de Allende con La Moneda en llamas, en septiembre del 73, dejó una portada simbólica. La viuda, Hortensia Bussi, me contó en La Habana la historia del fusil que portaba el marido regalo de Fidel. Señalábamos con el dedo a Kissinger, que ese año, por los acuerdos de Vietnam, obtuvo el Nobel de la Paz. Una ignominia. Y se nos quedaron grabadas las últimas palabras del presidente derrocado: “…más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre.”
Los golpes de Estado proliferaban en América Latina, a instancias del Tío Sam en su patio trasero. Para nosotros eran como la pólvora del franquismo regándose por el continente que habíamos ayudado a repoblar fundando ciudades donde se les pegó para siempre nuestro deje. Como decía Rafael Caldera, el espíritu navegador de los canarios había puesto proa al Oeste siguiendo la ruta de Cristóbal Colón. Había una fascinación por América que generó una constante afluencia canaria hacia sus costas, y de esa ruta nació una cercanía que desafiaba la distancia. Cuando llegó la democracia, pasamos a ser frontera sur de Europa, ya sin la espalda en África, sin un pie en el Sáhara.
Hace más de 40 años, en una expedición de periodistas y amigos del pueblo saharaui, junto a Herminia Fajardo -que era la embajadora recíproca de las dos orillas- conversábamos en Tinduf con el líder polisario Mohamed Abdelaziz de una salvaguarda para que los pescadores canarios dejaran de ser apresados en mitad de la guerra con Marruecos.
Era un conflicto a dos pasos de aquí entre el Polisario y la monarquía alauí de Hasán II, promotor, bajo el paraguas de la CIA, de la Marcha Verde, la invasión de la provincia española, con Franco en el lecho de muerte. Medio siglo después, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó el otro día una resolución de doble lectura: según los marroquíes, abona sus tesis autonomistas, y según Argelia, preserva el derecho a la autodeterminación. Cincuenta años no han sido suficientes para pacificar una guerra más diplomática que bélica, que a Canarias ha costado la pérdida de derechos históricos de pesca (el célebre banco canario-sahariano) y ha dejado en el aire la mediana de las aguas.
El siglo que discurre tiene un perfil abusón y prepotente. O el alcalde Mamdani -el Espartaco, como dice Julio Fajardo- consigue que el espíritu de Nueva York reequilibre las fuerzas o las viejas dictaduras regresan en fila india y se cumplen los peores pronósticos.
La paz, en mitad del medio siglo, tuvo la sartén por el mango. Cuando Gorbachov asomó la cabeza con aquella mancha de vino en la frente. Cuando Reagan y Bush firmaban con él acuerdos de desarme, tras la caída del muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. ¿En qué nos hemos convertido? En nuestros cavernarios ancestros. Las memorias del rey Juan Carlos, que será el gran ausente de los 50 años de la Corona, tenían el morbo de su fortuna. Pero es el golpe de Tejero, tantos años después, lo que nos sigue intrigando. Todavía no sabemos qué nos espera.
