En el túnel de los tiempos hemos asistido a grandes debates. El más antiguo podría ser el origen del universo. Algunos científicos sostienen que el cosmos es el producto del Big Bang, también denominado Huevo Cósmico, con escaso gusto clerical, por el sacerdote Georges Lemalître. Los defensores de la teoría del Big Bang argumentan que el universo es producto de una gran calentura acontecida hace 13.800 años (cuando el VAR no se había inventado). Otros eruditos sostienen la tesis del “Estado Estacionario”, y aseguran, sin complicarse la vida en grandes pesquisas, que el universo siempre ha existido y a tomar por culo. Los portadores de las especulaciones más creíbles, doblemente verosímiles desde la perspectiva de este Archipiélago Atlántico, sostiene que somos productos de fenómenos geológicos, como las erupciones volcánicas, e, incluso, que somos más arqueológicos que los retoños del Big Bang: unos 30 millones de años, los cuales -y no es porque estemos nosotros delante- no aparentamos. Desde una perspectiva teológica, hay quien asegura -utilizando como fuente el libro del Génesis- que Dios creó los cielos y la tierra en seis días ordenando el mundo desde el caos o desde la nada. Y que Adán y Eva, sus primeros pobladores, apenas se vieron pegaron a cometer el fascinante pecado original, y, a resultas, fueron expulsados con tarjetas rojas directas del Jardín del Edén.
A lo largo de la historia se produjeron otros grandes debates, como Mercado o Estado (Capitalismo & Socialismo/Comunismo), que, para consternación del personal del Espíritu del 78, ha recobrado vigencia en plenos y comisiones parlamentarias, donde falta “esto”, apenitas, para que los respectivos portavoces lleguen a las manos y resuelvan sus diferencias al puñete limpio. Dios nos libre.
En el tiempo presente, la gran controversia bascula en torno a la inteligencia artificial y su relación con la creación humana. Algunos teóricos sostienen que la creatividad surge de sentimientos y experiencias profundas (por muy cringe que suene), y, en cambio, la inteligencia artificial puede imitar estilos y originar contenido novedoso basado en patrones existentes. Planteado así, la IA y el ser humano podrían ser buenos socios.
En el lado contrario de esta controversia se posicionan los analistas que consideran que la mecanización impulsada por la IA conducirá a la pérdida masiva de empleos tradicionales, a una mayor brecha de desigualdad, y, sin que ello sea particularmente novedoso en estos tiempos de inflación (con los huevos por las nubes), al malestar social.
La Superinteligencia Artificial (ASI) sería el colmo, y no voy a arruinarles este sábado, pero -centrados en la IA, un escalón inferior- a mí me preocupa especialmente su consecuencia en el empleo, obviamente, y también me ofuscan un pelín los deepfakes (o ultrafalsos); esto es, los vídeos, imágenes y audios ultrarrealistas en los que personas conocidas o anónimas parecen decir o hacer cosas que nunca dijeron o hicieron.
O sea, ya podrían contemplar ustedes un vídeo del Papa León XIV animando a la Unión Deportiva Las Palmas junto a los pillos de Ultranaciente; otro de Koldo García, convertido en monje, y, colado en las Bodas de Caná, apadrinando el rezo de rosarios y/o misterios dolorosos; otro de Belén Esteban ejerciendo como CEO del París Saint-Germain; u otro de dos políticos, Feijóo y Sánchez, a suponer, abrazados como grandes colegas, alegritos, en una mata de cochino y cantando seguidillas (“No te vayas a enfadar / mira que con el que tengo / no voy a poder bailar / ay, ay, ay, ay”).
