La otra tarde hablaba con una amiga que, en teoría, lo tiene todo. Trabajo estable, pareja, casa, salud, hasta tiempo libre, que ya es un lujo. Todo lo que cualquiera pondría en una lista como “vida resuelta”, pero no lo está. Ni lo siente así. Y mientras la escuchaba contarme lo cansada que estaba, lo mucho que le pesaba cumplir con todo, pensaba en lo fácil que sería -que debería ser- la vida, y en lo difícil que la hacemos. Acumulamos metas, tareas, expectativas. Confundimos plenitud con cantidad, movimiento con sentido. Vivimos pendientes del siguiente paso, del próximo logro, del “ya que estoy, aprovecho”. Y en ese intento constante de perfeccionarlo todo, olvidamos disfrutarlo. Crecer fue aprender a no parar, a no conformarse, a no quedarse corto. Pero nadie explicó cómo quedarse bien. Cómo mirar alrededor y decir: “basta con esto”. Porque parece que si algo no cuesta, no vale.
Que si no hay ruido, no existe. Quizá por eso hay tanto cansancio disfrazado de éxito, tanta ansiedad con ropa de rutina, tanta tristeza escondida tras un “todo bien”. Falta simpleza, no cosas. Falta pausa, no tiempo. Tal vez la vida no sea tan complicada, somos nosotros los que la llenamos de ruido. Consiste en no perder de vista lo importante cuando todo parece urgente. Se apagan fuegos, se contestan mensajes, se cumple con lo inmediato, mientras lo esencial -eso que no exige pero sostiene- queda esperando su turno. A veces no falta tiempo para lo que importa: falta decisión para no posponerlo. La conversación que se deja para otro día, el paseo que se aplaza, el abrazo que se promete.
Recordé aquel café que dejé pendiente con una amiga. La siguiente noticia fue que ya no estaría para tomarlo. Entonces supe que la vida no siempre avisa, y que a veces el después ya no llega. El problema quizá sea que se confunde simple con fácil. Ser simple no es huir de la vida, es habitarla sin tanto miedo. Es aceptar que no todo tiene que ser nuevo, perfecto o extraordinario.
Que a veces basta con sostener lo que ya está y agradecerlo. Ser simple es recordar que lo esencial no siempre hace ruido, que lo valioso rara vez corre. No es rendirse, es saber cuándo basta. Es soltar lo que pesa aunque parezca importante. Es permitir que la vida sea más ligera, sin adornos, sin comparaciones, sin la obligación de estar siempre en modo “más”. Complicarse es, a menudo, una forma elegante de no mirarse.
Simplificarse no siempre es fácil: exige quitar capas, excusas y quedarse frente a lo que somos. Y eso, a veces, asusta más que el caos. En el fondo, lo simple salva. Hay calma en una conversación honesta, en un café sin prisa, en un día que no aspira a ser memorable. Lo importante casi nunca se anuncia: simplemente está, esperando que aprendamos a verlo. La vida no debería doler tanto ni costar tanto entenderla. Quizá solo haga falta desaprender el ruido. Y entonces sería tan fácil ser simples. Tan fácil… que da miedo.
