Estoy en la cocina, con un café entre las manos, pensando en cómo felicitar estas fiestas. No desde una idea concreta, ni desde una frase aprendida, sino desde lo que tengo delante. En la sala, la bandeja que he dejado puesta con turrones y polvorones, siempre a un lado. Una costumbre heredada de mi madre. No para una ocasión especial, sino para que esté ahí. Para convidar a quien llegue. O, simplemente, para nosotros. Una forma sencilla de acoger estos días. No era un gesto pensado solo para la Navidad, en realidad. Era una manera de estar en casa. La bandeja no anunciaba visitas ni marcaba horarios, simplemente estaba. Como diciendo, sin decirlo, que no hacía falta pedir permiso para sentarse, para coger algo, para quedarse un rato más. Porque hay gestos que no necesitan explicación para seguir teniendo sentido. Mientras pienso en esto, casi sin darme cuenta, me vienen a la cabeza frases que forman parte de nuestra memoria colectiva, como aquella que decía que siempre se vuelve a casa por Navidad. No como eslogan, sino como idea compartida: regresar, sentarse, reconocerse. Y también esa imagen repetida, año tras año, de aquellas muñecas que avanzaban hacia el portal. Estaban ahí, como estaban las luces en las calles o las canciones que se repetían cada diciembre. No se analizaban ni se discutían, simplemente acompañaban. Y, sin pretenderlo, lo envolvían todo. Entonces las preocupaciones eran las justas. No porque la vida fuera perfecta, sino porque había más espacio para estar, para esperar, para compartir sin prisas. La Navidad no era un ruido constante ni una sucesión de obligaciones. Era un tiempo distinto, reconocible, que se vivía casi sin pensarlo. Con los años, la vida se ha ido volviendo más compleja. También la manera de vivir estas fiestas. Cada uno lo hace desde su lugar: desde la fe, desde la tradición, desde la costumbre familiar o simplemente desde el deseo de estar cerca de los suyos. Hay quien celebra con alegría abierta y quien las atraviesa con más silencio; otros recuerdan más de lo que festejan. Todo eso cabe. Porque las fiestas las celebramos todos, de una forma u otra. Y también es verdad que tienen una raíz concreta, ligada a la fe y a una historia compartida. Para muchos, esa raíz se dice con un Feliz Navidad; para otros, estos días se viven desde otros lugares. Todo cabe cuando se vive desde el respeto. Al final, más allá de las frases que se repiten cada año, de las bandejas colocadas a un lado o de las imágenes que nos acompañaron desde pequeños, lo que permanece es lo de siempre: las personas; las que estuvieron antes y nos enseñaron a vivir estos días; las que ya no están, pero siguen presentes en los gestos que repetimos; y las que vendrán después y encontrarán su propia manera de celebrar, a su modo. Por eso estas fiestas siguen convocándonos. Porque hablan de acogida, de encuentro, de cuidado. De pensar en los demás sin necesidad de decirlo en voz alta. Quizá por eso, cuando llegan estos días, seguimos dejando algo preparado.
