superconfidencial

IA

Estoy convencido de que la inteligencia artificial va a regir nuestro destino en los años próximos. El mío, menos; pronto desapareceré, por motivos puramente biológicos. La IA hará escritor al que no sabe escribir, abogado al que no sabe de leyes, periodista al que no ha escrito una línea en su vida, ingeniero al que no tiene ni idea de cómo construir un puente, arquitecto de interiores al que tiene menos gusto vistiendo que Cantinflas, a la hora de decorar una casa, doctor a quien no sabe escribir una tesis. En fin, la leche. Y no hay límites, sólo es preciso poner en la pantalla cuatro ideas, o ninguna, y apretar un botón del teclado. La IA me reveló, cuando le pedí un currículo mío, cosas que yo ni siquiera era capaz de actualizar, acontecimientos que se me habían borrado de la mente, libros que no recordaba haber escrito, artículos que habían traspasado todas las capas interiores de la memoria y que estaban guardados en mi papelera cerebral. No valdrá la pena comprar libros, ni leer periódicos, ni ir al cine, ni siquiera sentir curiosidad por las cosas, todo lo hará la IA, que es un instrumento diabólico que se nos ha metido en la vida, para hacerla mucho más complicada y para situarnos en un engaño permanente. Y lo malo es que ha llegado para quedarse. Si tanta gente sostiene que la aparición del fax, luego del teléfono móvil y, naturalmente, de la Internet fueron marcas de sucesivas eras de progreso, yo no sé si la IA la supera a todos, ni tampoco soy capaz de asegurar si será para bien o para mal. Más bien creo que para mal. Y por eso mi prevención ante este instrumento malhadado que nos va a meter, seguro, en un lío. Estemos muy atentos, pero los fraudes caen como moscas.