tribuna

La extravagancia

La extravagancia ha dejado de ser un gesto pintoresco para convertirse en una forma creciente de irresponsabilidad pública. Lo que antes era rareza ahora se exhibe con naturalidad en espacios donde debería imponerse el juicio: la política, ciertos ámbitos académicos, los foros públicos y, por supuesto, los platós. Es un desplazamiento silencioso del debate hacia la teatralidad, una mutación del discurso que avanza sin pedir permiso. El extravagante no busca comprender ni argumentar: busca impacto. Para lograrlo, convierte cualquier cosa en recurso útil. Lo mismo le sirve una idea ajena sin citar que una ocurrencia improvisada o la apropiación oportunista de una causa colectiva. No reconoce límites porque los límites frenan la visibilidad, y su único interés es mantenerse en escena. La extravagancia es, ante todo, un atajo. El problema se agrava cuando este comportamiento encuentra un eco inmediato en los medios de comunicación y en las plataformas digitales. Allí, la lógica del espectáculo gana terreno al análisis. La excentricidad obtiene atención y es recompensada; la reflexión, en cambio, resulta lenta, discreta, poco rentable. Lo que empieza como un gesto llamativo se multiplica, se imita y termina normalizándose. La cultura del ruido desplaza a la del razonamiento. Las consecuencias son claras. El debate se empobrece, la ciudadanía se confunde y los estándares de calidad se deterioran. Cuando lo extravagante se vuelve hábito, lo razonable parece insípido; cuando el gesto domina, la palabra se debilita. Y la imitación —más veloz que la reflexión— convierte la excepción en norma. Los medios, atrapados entre la urgencia informativa y la competencia por la atención, contribuyen sin querer a este desplazamiento. La presión por generar impacto inmediato otorga visibilidad excesiva a la extravagancia. Así, la conversación pública se desliza hacia un terreno donde el espectáculo se confunde con la verdad y la teatralidad se toma por pensamiento. Frente a este panorama, conviene reivindicar algo tan poco vistoso como el rigor: el de contrastar, escuchar, matizar, corregir. Ese ejercicio mínimo —pero decisivo— es hoy casi un acto de resistencia cultural. En una sociedad que premia lo estrambótico, sostener la mesura es un gesto propio de la honradez ciudadana.