tribuna

Los días en que Roma ardía

Escuché en el Congreso una frase que lo resumía todo: “¿De qué sirven los rankings? La gente no come de ellos”. La oí casi al pasar, pero se me quedó atravesada. Había en esas palabras una distancia enorme entre quienes hablan desde arriba y quienes viven desde abajo. Bastaron diez palabras para recordarme algo que llevamos sintiendo desde hace tiempo: se debate mucho, sí, pero se gobierna poco. Se discute tanto de lo suyo que, a veces, cuesta encontrar un hueco para lo nuestro. Nada de esto es nuevo. Hay un momento de la historia de Roma que siempre me vuelve a la cabeza cuando miro lo que está ocurriendo aquí. No por dramatizar, sino porque lo reconozco rápido: ese instante en que los gobernantes dejaron de mirar donde debían y empezaron a enredarse en lo suyo, en sus peleas de siempre, en pactos que cambian según sople el aire… mientras las personas seguían esperando que alguien hiciera su trabajo. Me acuerdo entonces de un amigo que ya no está, que solía decirme: “Amiga, aquí todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío”. Y cada vez que lo pienso, entiendo que, a veces, la política se parece demasiado a eso. España, hoy, se parece mucho a aquella Roma cansada. Una Roma donde lo importante -la vivienda, los sueldos que no llegan, la sanidad que se sostiene como puede, la violencia que no frena, la educación que pide auxilio- se fue quedando a un lado, convertido en munición para discusiones que no resuelven nada. Como si la vida fuese un escenario y quienes la vivimos fuésemos figurantes en un debate eterno. Claro que pesa. Cada vez somos más los que miramos todo esto con una mezcla rara de hartazgo y tristeza, convencidos de que mandan mucho, pero gobiernan poco. Ese desapego no nace de la indiferencia; nace del cansancio de ver que se legisla sin mirar afuera, sin tocar la calle real. Y ese cansancio callado es, al final, el aviso más claro: cuando la ciudadanía siente que se gobierna de espaldas, la confianza se quiebra. Y cuando la confianza se quiebra, nada aguanta demasiado tiempo. A Roma no la derribaron desde fuera, sino desde dentro. Sus instituciones se vaciaron de sentido, sus dirigentes confundieron poder con protagonismo y las personas dejaron de reconocerse en quienes decían representarlas. Cuando eso pasa, el desgaste es inevitable. Pero tampoco podemos cargarlo todo sobre la política. Nosotros, como sociedad, también llevamos nuestra parte: por callarnos cuando no toca, por mirar hacia otro lado, por no exigir con la fuerza que deberíamos. En ese silencio cómodo, en esa resignación que parece pequeña, también hemos dejado avanzar esta decadencia. Aun así, estamos a tiempo. La ciudadanía puede exigir altura de miras y recordarles a quienes nos representan que lo primero -como dicta el deber de servicio por el que los votamos- es el ciudadano. Los días en que Roma ardía comenzaron así: viendo el fuego y eligiendo mirar hacia otro lado. Aquí, todavía estamos a tiempo de no repetir la historia.

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