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Mis amigos venezolanos

Han muerto casi todos, porque casi todos eran mayores que yo. Pero traté a personajes de Venezuela que hicieron grande al país y que tuvieron la suerte de vivir en un paraíso. Al presidente Rómulo Bethencourt lo conocí en el bar Atlántico, creo que en el 70 o 71 del siglo pasado, cuando viajó a Venezuela en un barco, que hizo escala en Santa Cruz. Lo abordé, mientras se tomaba un whisky. Yo recibí un soplo y lo entrevisté con mi compañero Pérez y Borges para La Tarde. No dijo mucho, pero sí que regresaba contento “porque Venezuela vivía en democracia y en libertad”. Morel Rodríguez, eterno gobernador de Nueva Esparta, que felizmente vive, puso a mi disposición una fragata de la Armada para que visitara Cubagua con una amiga, desde donde pueden verse las ruinas de Nueva Cádiz bajo el agua, una ciudad hundida por un maremoto. Todo eso dio lugar a mi novela “Los gallos de Achímpano”. Achípano, que no Achímpano, es la finca que Morel posee cerca de Porlamar, donde un guachimán cubano adiestraba a sus gallos de pelea, con corchos en las espuelas para que no se hicieran daño. Yo los veía pelear, tumbado en una hamaca, con un whisky Old Parr en la mano –el favorito de Morel—, con agua de coco. El inversor Salomón Cohen fue otro de los habituales de mis más de cincuenta viajes a Venezuela y también mi gran amigo Guillermo “Fantástico” González, el canario que conquistó la televisión de aquel país. Cierta vez lo atracaron en una esquina de Caracas y el malandro actuante, al reconocerlo, le devolvió la cartera, se arrodilló y le dijo, besándole la mano: “Perdón, don Guillermo, no lo reconocí”. Morel me salvó del certero tiro de un marido iracundo, cuando intenté hacerme el simpático con su mujer, sin saber de su matrimonio. El celoso esposo me sacó una pistola. Me cagué, o casi. Ay.

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