No creo que sea necesario, pero conviene aclarar que el término “Navidad” procede del latín “Nativitas”, “Nacimiento”. Podría pedirles que no confundieran aquél con el vocablo “Fiesta”, cuyo origen es “Festa”, del plural “Festus” (“Festivo”). Pero ya sé que se me consideraría automáticamente un personaje prehistórico, y, aunque en la realidad tal vez lo sea, yo no pierdo la esperanza -como Louis Armstrong y su Wonderful World- de un mundo mejor. “Veo árboles verdosos y también rosas rojas… / Las veo florecer para mí y para ti / Y pienso qué mundo tan maravilloso…”
Es obvio que ya nadie repara en el fundamento cristiano de las fechas y toca aceptar que la peña se pone en modo beodo y sigue estrictamente los pasajes esenciales del villancico más top… “Mientras la Virgen se está peinandoooooo…” “… beben y beben los peces en el ríoooooo por ver…” y “… beben y beben y vuelven a bebeeeeeer…”.
Resulta penoso indagar en la profundidad de la historia y recordar que Sileno, figura prominente de la mitología griega y borracho impenitente, fue padre adoptivo, mentor y leal compañero de un dios olímpico, Dioniso, que era el dios del morapio. Según la teogonía griega, para que vean cómo son las cosas, el vino, con o sin denominación de origen (DO), tenía su propio Dios. Cuenta la leyenda, además, que el tal Sileno tenía que estar totalmente “mamado” para poder transferir su sabiduría y hacer sus profecías sobre los ciclos naturales, las plantas y los animales. Y, cuando excepcionalmente libraba del consumo, se daba al zumo de naranja y se mostraba sobrio en la barra de un bar, Sileno olvidaba incluso lo que era una strelitzia.
Con el paso de los años, hubo personajes más viciosos que el tal Sileno, como, por ejemplo, el futbolista Romario de Sousa, a quien vimos corretear muy relajadito en el Heliodoro en otros tiempos, y quien -de acuerdo con su propia confesión- necesitaba tener sexo inmediatamente antes de los partidos para meter, valga la “rebundancia”, goles. Lo que escribo en descargo del pobre Sileno, aunque -también me da un aquello Romario- hacer el amor (o incluso follar, con educación) no deja de ser un acto muy místico.
Credos al margen, y si a la Nochebuena nos circunscribimos, doy por descontado que la “Misa del Gallo” -así llamada aún a pesar de la eclosión del feminismo- ya apenas tiene quórum: un par de fieles, un infiel, el cura y, si tiene un rato libre en sus follones diplomáticos entre guerreros, Dios.
En la cena de Nochebuena, en fin, puede ser muy bonito, y hasta ejemplar y terapéutico, beber con moderación. Echarse un vasito de vino, que incorpora antioxidantes que benefician al corazón, puede ser un ritual de bienestar y relajación; dos vasitos, a todo meter.
Pero debemos evitar esa moña brutal que solo nos lleva a decir machangadas, cantar sin tino, soltar folías repletas de gallos, pelearte con el cuñado, eructar sin recato, y/o, por Dios y todos los Santos, poner sobre la mesa, contra la advertencia global de los comensales, la temática de la bárbara discordia.
El próximo 24, y tal y como están las cosas (riesgos de excesos etílicos incluidos), sería menester poner un gran cartel en la puerta de las casas o de los restaurantes: “Prohibido hablar de política”, o, por si aparece algún yerno inesperado, “No talking about politics allowed”, “Politische Diskussionen sind nicht erlaubt” o “Mamnu’ al-hadith fi al-siyasa”.
Si usted quiere tener a su familia unida, si usted quiere conservar sus amistades, si usted quiere evitar un divorcio o incluso si usted quiere precipitarlo, si usted quiere mantener su conexión emocional con su mascota (sea un perro, un hámster, un loro, una iguana o un cochino), absténgase de hablar de política en Nochebuena.
Tampoco hable de fútbol, que podría ser peor, y menos de religión, Dios nos libre. Creo que usted debe disfrutar la Nochebuena en riguroso silencio y, en el mejor de los casos, “jartarse”, besarse y abrazarse. Preferentemente con la novia propia.

