de remplón

Solo de noche es Navidad

Cada vez lo tengo más claro: solo es navidad de noche. Y así ha sido un año más. De día, a la luz del sol, la decoración navideña deja de serlo en su mayor parte, es un amasijo de culebras metálicas que invade las ciudades, líneas entrecruzadas que aguardan la hora de las sombras, la esquelética y premonitoria imagen de un desguace anunciado. Ni un leve rasgo de aquel lejano nacimiento se ve, ni un destello de color durante las horas diurnas que recuerde el mensaje de la estrella anunciadora. Y si aparece algún portal de Belén, lo hace tímidamente, en la periferia de los barrios. Felices pascuas o feliz navidad son frases que se pronuncian con pudor, con miedo a ser señalados en medio de este neopaganismo que levita sobre nuestras cabezas. Ahora, más que nunca, se percibe una estética neopagana. La navidad es consumo, alcohol, tardeo y bronquitis. El ocio en estas fechas bordea y pisa un ocio que no lo es, y todo se transforma en una continua fiesta sinfín, con la música convertida en bulla, en un ruido aromatizado con destellos de escapismo. Salimos de casa en busca de una alegría que ya viaja con nosotros, y nos parece que se halla en los túneles lumínicos que atravesamos con el móvil en la mano, buscamos la paz o el espíritu navideño insertos en un mar de figuras en 3 D, que compiten con otros lugares. Millones de luces nos introducen en una ebriedad de la que salimos exhaustos, con las cervicales tocadas porque no tenemos el cuello de la lechuza, de la coruja que lanza en la noche su escalofriante reclamo. Es como si quisiéramos tragarnos, de remplón, el Almagesto de Claudio Tolomeo, un catálogo astronómico plagado de estrellas y planetas, que sirvió de guía durante un puñado de siglos. El simbolismo que atraviesa la luz en las diversas culturas da para mucho, y sí nos habla de una luz que no se ve con los ojos del cuerpo, que buscamos ansiosos como observadores eternos del firmamento nocturno, aunque de día solo veamos fríos gusanos de alambre.

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