La primera linterna del Año Nuevo se ilumina con las doce campanadas y sus pertinentes uvas. Y luego con improvisadas coreografías en pistas de cotillón o espacios urbanos meados. Arrancamos de carnaval para olvidarnos de las excreciones propias y ajenas, de la selva peluda, del cuerpo depilado y del surrealismo que se viste de agitación y temblores. La realidad, otras veces, se manifiesta con bengalas en botellas de champán y un techo en llamas. El ser humano, de nuevo y siempre, poniendo a la altura del betún su presunta racionalidad, cada vez más presunta. Incluso en la Suiza de cantones obedientes y precisos Rolex. Persistente déjà vu que pone en solfa la lucidez cerebral. Así somos, poca cosa con ínfulas de majestad, a excepción de quienes, conscientes de lo que refleja el espejo, se quedan, tal cual, sin amarguras, con las costuras, cicatrices y limitaciones y debilidades propias de la especie.
En el Café Atlántico de la Capital tinerfeña, ahora Atlantis, las redondeces del pintor Alejandro Tosco (antes territorio de Martín González) no les quitan ojo a las parejas guapas trenzadas sobre el suelo pegajoso, ametrallado por sucias serpentinas que se adhieren como chicles a la suela del zapato. La cosa invita al despegue, a quitar, entre acorde y meneo, la tira de papel, el polvo del camino. Es lo suyo en tiempos de escepticismo y miopía sin gafas, de genitalidad frente a la lírica del madrigal.
La mujer, el hombre y lo que se tercie se dejan llevar por el diyey, que es el rey cuando el verso queda en la prehistoria. Bailotear toda la noche con el esmoquin y fundas de lentejuelas y Swarovski es darle alas a la pulpa de la pasión. Sabrosos cócteles. Infinitas copas con vodka, güisqui, gin y sus refrescos se beben despacio en armonía con la música terrenal. El guion del treinta y uno se repite con manos en culos cómplices, besos de tornillo, hervores apretados y pies doloridos resignados al tacón. El ritmo que no para fermenta con el alcohol y el olor corporal, pero no hay hedor en el efluvio de perfumes comestibles. Es la magia de la Navidad, son los elfos y los selfis instagrameables que descubren la esencia, el presente y futuro de la humanidad motomami.
Después de tactos, olfatos y demás cinco sentidos, la calle tambaleante agoniza de la fiesta por decreto, aunque las luces refulgen en los mismos flamboyanes y el pestazo a porro no se haya ido del Pasaje Peligro, en la trasera del Real Casino. Distantes ya del reguetón y de sus malditas raíces incapaces de impulsar savia bruta, es hora de compartir barra con el último vals de Joaquín Sabina. Y lo guardo en el bolsillo, lejos de esos otros valses de los Strauss de Viena y de tantos wasaps con mensajes de pacotilla en formol.
El día uno no es cualquiera. En la ciudad de La Laguna el humo del horno de las castañas asadas se confunde, al final de Herradores, con la niebla de Los Rodeos. Aprieta el frío en el humedal de los adelantados y cae un Baileys en el Gran Hotel, homenaje a una pareja recién casada oriunda de Dublín. El barman, Claudio, y la camarera, Paula (buenos fichajes de Miriam y Germán Ortega), trabajan eficientes en las comandas de tisanas, vino tinto de La Guancha, cervezas y sangrías. No pesa la rasca.
El acogedor establecimiento, que fuera residencia acomodada y fábrica de tabacos, honra en su árbol festivo a personas entrañables de la Ciudad: Vicente, vendedor de lotería en la plaza del Cristo; Miguel Ángel Morales, veterinario; Alberto, el de las medallas; Luisa Machado, cantautora; don Miguel Lavín, propietario del Bar Refugio y su pensión; el general Fagón, que vivía en el barranco de la Carnicería; Porfirio y Carmen, de la dulcería La Catedral; Manolo, el del Tocuyo; Elfidio Alonso, exalcalde y sabandeño; doña Carmen Molina, querida vecina del barrio de Los Molinos y gran ejemplo de bondad; Peter Larsen, fundador de Casa Peter; Olga Ramos, cantante; Zenón, fotógrafo; Antonia María Real y Pepito Álvarez, matrimonio lagunero…
Mañana subiremos de nuevo desde Añazo…


