tribuna

Traslarena, entre la resistencia y el olvido

del antiguo cementerio de Traslarena vuelve a abrirse al mundo. Y lo hace como quien despierta después de un sueño largo y pesado, deseoso de recuperar la voz que un día tuvo y que el tiempo, la desidia y las máquinas quisieron arrebatarle. Su reinauguración no es solo un acto institucional: es un regreso, un reencuentro íntimo entre un pueblo y uno de sus lugares más cargados de sentido. Un rincón donde la memoria sobrevivió, a veces a duras penas, gracias al empeño de una comunidad que nunca quiso renunciar a sus raíces.

A simple vista, Traslarena puede parecer un cementerio pequeño, casi modesto. Pero su historia es enorme. Nació del miedo, de la urgencia y del dolor. Corría el año 1893 cuando el cólera morbo golpeó Tenerife con una fuerza devastadora. San Andrés, entonces un pueblo de apenas 550 habitantes, vio morir a cerca del 10% de su gente. Las fosas del viejo cementerio parroquial, adosado a la iglesia, ya no podían acoger más cuerpos. Y fue entonces cuando el párroco Manuel Cedrés Hernández decidió actuar. Habilitó con rapidez un terreno cercano al mar, en la zona conocida como Las Arenas, para acoger a los fallecidos. Un lugar a la intemperie, provisional, levantado más por necesidad que por planificación.

Allí, el 22 de noviembre de ese año, fue enterrada Concepción Peña Morales, una joven de solo 20 años, hija de José Peña González y Ramona Morales. En el libro de enterramientos, el propio párroco dejó constancia de que Concepción fue “la primera que fue sepultada en el sitio que se designó para los coléricos en virtud de no caber en el cementerio antiguo”. Su nombre, que pudo haber bautizado al recinto como “Santa Concepción” siguiendo la tradición, quedó en cambio como un eco íntimo, una especie de patrona silenciosa de aquel espacio improvisado que el pueblo terminó haciendo suyo.

Lo curioso es que Traslarena no estaba pensado para perdurar. Era un remedio temporal frente a una crisis que desbordaba lo existente. Sin embargo, la vida -y la muerte- siguieron su curso, y ese “cementerio de urgencia” se convirtió en el lugar definitivo donde los vecinos honraban a sus muertos. La comunidad lo asumió sin reservas, y en sus tumbas encontraron un refugio emocional en tiempos duros. Con el paso de los años, crecieron también las demandas para dignificarlo.

Las primeras décadas del siglo XX estuvieron marcadas por un tira y afloja entre la población y las autoridades. Hubo promesas de construir un nuevo cementerio, pero nunca se materializaron. Mientras tanto, Traslarena sufría el embate de las pleamares, la acción de los animales y actos esporádicos de profanación. El abandono se notaba en los muros que se caían, en la arena que avanzaba sin pedir permiso, en la sensación de provisionalidad que parecía no acabar nunca. Hasta que en 1913 llegó un punto de inflexión: los vecinos lograron que se construyera un muro perimetral. Puede parecer un detalle menor, un simple cerramiento, pero para San Andrés fue mucho más. Aquella obra dio forma, cuerpo y dignidad a un lugar que había nacido de la necesidad y que ahora se afirmaba como un símbolo propio, un espacio con identidad.

A lo largo del siglo XX, San Andrés mantuvo un espíritu independiente, combativo, fiel a sí mismo incluso en los momentos de mayor adversidad. Tras la Guerra Civil, la represión y la pobreza marcaron a la comunidad, pero el cementerio siguió funcionando como un punto de encuentro emocional, donde el rito de la visita y el cuidado mantenían vivas las historias familiares. Sin embargo, la llegada del turismo en los años 60 cambió el tablero. Las miradas externas se posaron sobre el litoral del valle y empezaron los planes para transformar aquella zona en un espacio de ocio. La construcción de la futura playa de Las Teresitas exigía reconfigurar el entorno, y Traslarena, situado exactamente donde las nuevas infraestructuras proyectaban su avance, pasó a ser considerado un obstáculo. En 1964 fue clausurado oficialmente; la centralización de los entierros en Santa Lastenia selló un cierre que muchos vivieron como una herida.

Pero lo peor aún estaba por llegar. El episodio que marcaría para siempre la historia del cementerio ocurrió en enero de 1976. Sin anuncios ni explicaciones, las autoridades enviaron maquinaria para demoler el recinto y ampliar la playa. El golpe fue inesperado. Lo que no esperaban quienes dieron la orden fue la reacción del pueblo. Los vecinos se percataron de lo que estaba sucediendo y acudieron al lugar en cuestión de minutos. Lo que siguió es un ejemplo extraordinario de organización espontánea: hombres y mujeres entraron en el recinto, formaron cadenas humanas, montaron turnos de guardia y se mantuvieron allí día y noche. Detuvieron las máquinas con su sola presencia y consiguieron frenar la destrucción.

Fue un acto de resistencia pura, una defensa visceral de un espacio que simbolizaba la historia de la comunidad. Aquel enero de 1976 quedó grabado como uno de los momentos más intensos de afirmación identitaria en San Andrés.

Desde entonces, el cementerio de Traslarena quedó en una especie de limbo: ni plenamente activo ni totalmente olvidado. Un lugar cargado de memoria, pero sin un reconocimiento formal. El paso del tiempo fue oscureciendo su presencia, aunque nunca llegó a borrarla. Vecinos y descendientes de quienes allí reposaban siguieron visitándolo de forma discreta, como quien cuida un secreto que es demasiado valioso para dejar perder.

Y por eso la reinauguración actual tiene un valor especial. No es simplemente un acto de recuperación patrimonial. Es una restitución moral. Es devolver al pueblo un espacio que le pertenece desde hace más de un siglo. Caminar hoy por Traslarena implica atravesar capas de memoria: la epidemia que lo vio nacer, las luchas vecinales por dignificarlo, el abandono que sufrió, la amenaza de demolición que logró superar, y el silencioso pulso del tiempo, que lo ha mantenido en pie incluso cuando todo parecía en su contra.

La emoción de reabrirlo no se mide en discursos, sino en miradas. En quienes ahora entran y recuerdan a sus abuelos. En quienes evocan la resistencia del 76. En quienes ven en este espacio un recordatorio de que la historia local está hecha de gestos anónimos, de luchas pequeñas que acaban siendo gigantes.

Traslarena vuelve hoy a abrir los ojos. Y con él, lo hace también la memoria de un pueblo que durante generaciones aprendió a resistir, a cuidar lo suyo, a no olvidar. Quizá por eso, más que un cementerio, este lugar es un símbolo: el de una comunidad que sabe que su identidad no se negocia, y que la memoria, cuando se defiende, es capaz de sobrevivirlo todo.

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