por qué no me callo

Cuatro años de una mala corazonada

Todos los ucranianos estamos luchando por nuestra libertad y contra el cruel invasor. A pesar de que nuestro país está casi a oscuras, la luz de la victoria nos guía”. Zelenski, en octubre de 2022, puso en pie el Guimerá, en la gala de los Premios Taburiente de la Fundación DIARIO DE AVISOS. Podía parecer quijotesco frente a una potencia nuclear de tal calibre, pero hoy se cumplen cuatro años de la guerra, y Putin no se ha salido con la suya.

Hace cuatro años, enfrentábamos en Europa el temor a una guerra mundial (nuclear), como Rusia no cesaba de predicar, bajo la frustración de no haber podido apoderarse de Ucrania en un abrir y cerrar de ojos, como en un paseo militar.

Hoy, si cerramos los ojos y repasamos la película de este cuatrienio en el mundo, con la llegada de Trump, tres años después, el genocidio de Gaza, el asalto a Venezuela y la amenaza de atacar a Europa en Groenlandia, cobramos conciencia de un viaje a los infiernos histórico. Por momentos, todos nos hemos sentido como aquel Zelenski avasallado, dirigiéndose a nosotros desde Kiev, en mangas de camisa, al inicio de una distopía. Porque hemos visto las orejas al lobo, duplicarse el enemigo en la dupla Putin-Trump, a ambos lados de Europa.

Todavía el mundo parecía extrañamente normal, con la anomalía rusa como la amenaza solitaria. Porque en EE.UU. permanecía un presidente acorde a los cánones de los últimos 80 años de statu quo. Biden seguía siendo el principal aliado de Europa, y la OTAN, nuestra gran salvaguarda disuasoria frente al Kremlin. Ahora ya no solo no tenemos ni gota de esa misma impresión, sino que el inquilino de la Casa Blanca es nuestro adversario, según reza en su flamante Estrategia de Seguridad Nacional.

Aquel Zelenski imberbe, que no había sufrido aún la bronca del Despacho Oval ni la usurpación americana de las tierras raras, se dirigía a los tinerfeños como un insospechado Che Guevara del siglo XXI, un civil enfundado en una camiseta verde olivo, reconvertido en un líder revolucionario combatiendo contra un imperio, como, en los años cincuenta, Cuba, a pocas millas del Tío Sam.

Fue una intervención emotiva, por el Premio Taburiente especial al pueblo ucraniano. El editor de este periódico y presidente del Grupo Plató del Atlántico, Lucas Fernández, agradeció poder contar con Zelenski, que pidió al titular de la Fundación DIARIO DE AVISOS la defensa de su causa “para convencer a cuantos estamentos estén a su alcance y que las democracias del mundo no nos olviden”. Era un hombre sobrecogido ante una guerra desproporcionada, que anhelaba entrar a formar parte de la UE y de la OTAN, como dos salvavidas: “Somos iguales que ustedes, que todos los europeos, por eso les pido que demuestren cada día que también están con nosotros.” ¡Quién le iba a decir que pocos años más tarde tendría que habérselas con dos jefes imperiales a la vez bajo un desorden internacional! Ucrania cuenta sus bajas por decenas de miles de muertos, si bien Rusia lo hace por centenares de miles. Hemos sido testigos de la bochornosa cumbre de Alaska, en la que Trump y Putin remaban hacia el mismo lado a ojos de todo el mundo. De cómo antes el americano había parecido facilitar -cegando la inteligencia ucraniana- el rescate ruso de Kursk, el trozo de tarta enemiga en manos de Kiev. Y hemos constatado el peor invierno de toda la guerra para el pueblo ucraniano, sin luz ni calefacción bajo los bombardeos rusos. Pero la impericia de Putin no la disimula su despilfarro de drones y misiles: en todo 2025 apenas ha avanzado el 0,8% territorial. Y Ucrania no aceptará regalarle, en las conversaciones de Ginebra, la guinda de Donetsk, esa impertinente exigencia rusa que el referéndum no consentiría.

Es un pueblo atrapado entre tres palabras, extenuación, esperanza y resistencia, que se niega a rendirse y solo acepta una paz sólida y creíble. Porque Rusia no es de fiar, tras violar los Acuerdos de Minsk y consumar la invasión. Y porque Putin engorda su mala fama, tras el envenenamiento de Navalni o la muerte de Prigozhin, aquel jefe charlatán de los mercenarios del Grupo Wagner, ya olvidado, al que se le estrelló el avión en que viajaba en 2023. Y porque Macron se negó a que los rusos le hicieran una PCR cuando la reunión con Putin en una mesa de cuatro metros de largo.

Cuatro años después de la invasión, Ucrania, cuyas calles monumentales de Kiev recorrimos un grupo de paisanos en el 92, es todo un símbolo en un mundo sin reglas. El país más avezado militarmente de Europa, por la experiencia de esta guerra, que ha sido capaz de pararle las patas a la potencia que ahora desafía a toda la UE -una U que parece honrar a Ucrania- a riesgos de índole similar.

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