Si Simón Bolívar levantara la cabeza, se volvería lleno de vergüenza a su tumba. La revolución que lleva su nombre ha conseguido transformar una nación soberana, Venezuela, en una colonia económica del imperio estadounidense.
Venezuela es ahora una colonia del imperio de Trump. Le va a suministrar el crudo que desee, al precio que desee y cuando lo desee. La colonia tiene un gobernador de hecho, el poncio (pilatos) Marco Rubio, secretario de estado de asuntos exteriores de Trump. También tiene a Delcy Rodríguez, presidenta interina, que deberá sacrificar, poco a poco, ya lo está haciendo, a los allegados del régimen. Si no lo hace el poncio le enviará los marines. No lo quieren ni ella, ni sus amigos, ni los norteamericanos. Así que Delcy va a derribar lo que pueda del sistema bolivariano para entregarlo, tarde o temprano, ¿a quién?, no se sabe…
En la historia económica las colonias estaban contempladas en el paradigma mercantilista. Un paradigma que, aunque parecía sepultado en el siglo XIX por el liberalismo, nunca dejó de estar presente en la economía de los imperios (el inglés, por ejemplo y ahora el norteamericano).
En ese paradigma, las colonias deben producir materias primas para la metrópoli, al precio que ésta marque y consumir lo que la metrópoli les envíe igualmente a los precios que ésta fije. Es el negocio de la explotación colonial.
¿Qué si no está preparando Trump? Un gran negocio. Recibirá petróleo venezolano a precio bajo y enviará material de explotación, técnicos y maquinaria norteamericana a precios altos.
Países que han visto como lo que no consiguió en Cartagena de las Indias el almirante inglés Vernon en 1741, lo ha hecho Trump en dos días. Pero entonces el imperio era España y toda la América hispana estaba unida ¡Eran otros tiempos! Tiempos en los que los de un lado y otro del Atlántico se consideraban españoles de una sola nación, sin distinguir en donde vivían, de donde venían y a donde iban.
Aviso a navegantes: cuando las barbas de tu vecino veas rapar, pon las tuyas a remojar.
