por quÉ no me callo

Dioses jugando a los dados con la IA

La inteligencia artificial era un mito lejano que nos intrigaba a los neófitos, confiados en que bastaría con desenchufarla y que nunca tendría conciencia. Pero todo eso era mentira.

¿Podrá destruir a la especie humana? Al propio padrino de la IA, Geoffrey Hinton, le he escuchado dar la respuesta: “Sí”.

No lo hará el inofensivo ChatGPT, que entró en escena en 2022 como una avispa sabionda, granjeándose la simpatía de todos. El monstruo no ha llegado. De un descomunal talento, la IA general será consciente, capaz de pensar por sí misma.

Como hace 210 años, cuando Mary Shelley, a instancias de Lord Byron, escribió en Villa Diodati, en Suiza, el relato de Frankenstein, un puzle de fragmentos de cadáveres de aspecto humanoide, inteligente y sensible, la IA general es una posibilidad sobre el papel, que cobrará vida.

Ante la mera sospecha, resulta hilarante la embestida de Elon Musk contra Sánchez por el acceso de los menores a las redes sociales y el control de los algoritmos del odio y la pornografía. La criatura impensable, que supera en todo a la especie humana y que se fabrica a estas horas en los laboratorios del propio Musk y un puñado de tecnooligarcas en EE.UU., sí que merecería la máxima prevención y vigilancia. Los chinos, punteros en la IA de la manufactura, van por detrás en el big bang del leviatán.

Así que va a nacer en el país más loco del mundo en estos momentos y en el círculo cerrado de un sanedrín de multimillonarios que solo velan por sus intereses y se creen demiurgos jugando a ser Dios.

A Internet y la jungla digital de las redes sociales les cabe la doble cara de una condición provechosa y otra dantesca. Pero la AIG (la IA general) es la bomba de Oppenheimer si no se le ponen los pertinentes límites ya. La opinión pública y los partidos políticos, que trivializan sobre el duelo Musk-Sánchez, ignoran lo que se avecina, como tantas veces, como aquella vez. En una región desértica de Nuevo México se desarrolló el Proyecto Manhattan, en los años 40, y un día la bomba estuvo lista y explotó a espaldas del mundo.

La ciencia y la medicina, el cáncer, las peores enfermedades, las matemáticas, la energía conocerán sus mayores hitos, sin duda. Esa es la buena noticia. La mala es que el bicho puede acabar con todos nosotros. Si no se pone remedio, esto que aquí se cuenta no será ciencia ficción.

Nadie se pregunta si estamos pertrechados mentalmente para asumir este alarde de Prometeo, la vieja soberbia humana de engendrar otro género de vida, a riesgo de otra caja de Pandora. Nos han venido desgracias una tras otra. La Gran Recesión, la Pandemia, Ucrania, el coco de una guerra nuclear, Trump… Estamos en estado de shock.

La IA suprema es la mayor revolución tecnológica de la historia. Y el famoso Gran Reemplazo va a ser verdad, pero no el de la islamización, no el de los migrantes africanos y latinos que pregonan con desprecio el trumpismo y la ultraderecha. Es una reposición de especies, no de razas: robots por humanos, máquinas por homo sapiens.

Con los últimos modelos de IA ya ha comenzado una destrucción de empleo inédita. Empresas del sector están despidiendo a los desarrolladores pioneros, porque se han vuelto prescindibles, una vez que la propia IA es capaz de autoprogramarse. La mitad de la población mundial trabaja -unos 4.000 millones de personas- y el 60% está en capilla. Por turnos, tocará primero a la economía del conocimiento. El fontanero es un trabajador afortunado. Hay oficios manuales y mecánicos, menos prestigiados hasta ahora, que gozarán de un mayor margen de supervivencia. Los estudiantes han de estar prevenidos al elegir las carreras.

El futuro parece achicarse. Nos muestra un mundo donde la humanidad no trabajará al final del proceso. ¿Moriremos de hambre? Los dioses del invento dicen que pagarán por no trabajar una Renta Universal Básica (RUB). ¿Un mundo de vagos? ¿Robots humanoides inteligentes haciéndose los tontos viendo a holgazanes sin dar palo al agua en un perpetuo dolce far niente? ¿Y la gente aceptará vivir en un paraíso de inútiles?

Hay apóstoles sin escrúpulos como Sam Altman (ChatGPT, de OpenAI) o Elon Musk (Grok, de xAI), frente a otros más humanistas en Anthropic o Alphabet, con modelos como Claude y Gemini. Nadie nos ha informado de este totum revolutum.

Tan grave o más que no tener, desde hace días, ningún tratado sobre armas nucleares, es, a mi juicio, no tenerlo sobre una inminente IA atómica. Quien la posea, dominará el mundo y pondrá a la humanidad en riesgo de extinción.

TE PUEDE INTERESAR