Hay una expresión que se nos escapa casi sin darnos cuenta. La usamos para empezar frases, para suavizar respuestas, para justificar ausencias. Es pequeña, aparentemente inocente, pero se ha instalado en nuestra forma de hablar y, sin darnos cuenta, también en nuestra forma de vivir. El “es que” aparece cuando llegamos tarde, cuando no llamamos, cuando no estuvimos donde sabíamos que importaba estar. “Es que no tuve tiempo”, “es que no supe cómo hacerlo”, “es que pensé que no era tan importante”. Lo decimos casi sin pensarlo, como si nombrarlo bastara para aliviar lo que pesa. El esqueísmo no siempre nace de la mala intención. Muchas veces nace del cansancio, del miedo o de la incomodidad de asumir lo que sentimos o lo que dejamos de hacer. Aun así, dice más de nosotros de lo que creemos. Porque el “es que” aparece justo cuando algo nos roza por dentro y preferimos explicarnos antes que mirarnos. Funciona como un pequeño colchón emocional. Amortigua la responsabilidad, le quita peso a la decisión y nos permite seguir adelante sin detenernos demasiado en las consecuencias. No niega lo ocurrido, pero lo envuelve. Lo presenta como circunstancia y no como elección, como si así doliera menos. Y, poco a poco, convertimos las explicaciones en sustitutas de los actos. Empezamos a creer que decir es suficiente, que justificar equivale a cumplir, que explicarnos nos exime de revisar lo que hicimos o dejamos de hacer. Pero no es así. Detrás de muchos “es que” hay decisiones. Detrás de otros, prioridades. Y detrás de algunos, una renuncia silenciosa que no siempre nos atrevemos a nombrar. El problema no es explicar; explicar es humano. El problema es cuando explicar se convierte en una forma de no hacerse cargo. Hay vínculos que no se rompen por grandes errores, sino por la suma de pequeños “es que”. Por llamadas que no se hicieron, por palabras que se dejaron para otro día, por presencias aplazadas una y otra vez. No se rompen de golpe; se van enfriando. El esqueísmo crea una falsa sensación de coherencia. Como si las razones bastaran. Como si las circunstancias justificaran siempre la distancia. Pero las personas no se pierden por falta de explicaciones; se pierden por falta de gestos, por la ausencia de hechos que sostengan lo que se dice. Y llega un momento -siempre llega- en que el “es que” deja de ser comprensible y empieza a sonar a desgaste, a distancia, a algo que ya no alcanza. No porque sea falso, sino porque ya no repara. Porque quizá el problema no sea el “es que”, sino la tranquilidad con la que lo usamos. La facilidad con la que nos explicamos y seguimos adelante, como si bastara con haberlo dicho. Tal vez habría que preguntarse cuántas veces esa frase nos sirve para comprendernos… y cuántas para no detenernos justo donde algo importante nos estaba pidiendo presencia.
