La gran meada, antes llamada carnaval, comenzará el día de la cabalgata anunciadora, el viernes, un acto procesional que tiene la única consecuencia de partir Santa Cruz en dos y que nadie llegue a tiempo a coger un avión. El río amarillo se originará ese día y su oloroso caudal se meterá por las veredas tradicionales y puertas de los comercios, desde la Rambla hasta el muelle, incluyendo zaguanes abiertos, que serán humedecidos por los meones y meonas cerveceros, bien de pie, bien escarranchadas primorosamente, ocultándose de los mirones. Ya no cesará hasta el miércoles de Ceniza la micción comunitaria, fecha en la que los servicios de limpieza echarán encima el famoso líquido que huele peor que la propia meada. El pestazo en la ciudad, tras la Sardina, será insoportable. Los productores de orina retomarán su entusiasta tarea el viernes de Piñata y no cesarán de licuar las vías hasta el domingo por la tarde, momento en el que regresan a sus casas y el alcantarillado público recobrará su tradicional actividad. En eso ha quedado el carnaval de Santa Cruz, que a fuerza de repetirse parece bobo, en una gran meada. Solo Los Trapaceros han sido capaces de hacer despertar a las murgas, que ya era hora, y eso que proceden del Norte de la isla, donde la gente tiene tradicionalmente menos gracia, o eso dicen. El inmenso caudal llenará el lago de la plaza de España y su fétida consecuencia tardará días en disiparse, no descartándose el nacimiento de alguna subespecie animal en el ínterin de la catarata urinaria. No existe explicación razonable de por qué el personal prefiere aliviarse en la rúe, potar en la vía y hasta hacer aguas mayores en las calles, disponiendo de esos váteres portátiles alquilados por el municipio, a los que al parecer se da escaso uso en estas fechas. Qué país.
