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La notita cariñosa

En mis ya lejanos tiempos de La Tarde, periódico en el que me inicié y del que tan buenos recuerdos conservo, cuando alguien notorio la palmaba se le dedicaba siempre una notita cariñosa. Alfonso García-Ramos, el director, me perseguía a gritos por la redacción, puro apagado en la boca, gritando mi apellido con su vozarrón porque él no tenía puñeteras ganas de referirse por escrito al muerto. Así que cuando daba conmigo, me dictaba cuatro datos y yo componía una nota cariñosa, que ahora se denomina obituario, llena de tópicos, por lo general, pero que dejaba contentos y en paz a sus familiares -a lo mejor contentos, no-. Hubo notas cariñosas y esquelas para todos los gustos, algunas con muy mala leche y otras con erratas involuntarias de bulto y humillantes. Recuerdo que cuando murió un conocido patricio tinerfeño, muy rico, los sobrinos que lo heredaron, que estaban enfrentados a otros que no percibieron un duro del occiso, publicaron una esquela enorme, citando como “sus desconsolados sobrinos” a los perjudicados, con nombres y apellidos. Otras veces se confundían los datos y los cuñados aparecían como hijos y las hijas como nueras. Un desastre, porque las esquelas se tomaban muchas veces por teléfono y quien las transcribía, dependiendo de la hora, estaba generalmente cargado. Las notas cariñosas se limitaban a ensalzar las acrisoladas virtudes (sic) de los finados. El campeón del tópico mortuorio era Domingo de Laguna, en los periódicos y en su revista Canarias Gráfica, que a pesar de su abominable contenido era entretenida y logró cierto éxito social. Domingo de Laguna, para un trabajo de la Escuela de Periodismo, consiguió ser recibido por don Pío Baroja en su casa de Madrid, y despedido al cuarto de hora, al grito de: “¡Fuera de aquí, joven analfabeto!”. Imagino las preguntas que le haría a don Pío. Se inventó la entrevista y lo aprobaron.

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