En esta nueva modernidad, tardía y líquida según rumores recogidos en una peluquería, algunos personajes son tan absolutamente extravagantes que parecen extraídos de un universo espiritual, psicológico y/o mitológico. En la parte inicial del comentario, ya les adelanto que algunas cabecitas se están bichando incurablemente.
El sociólogo británico Anthony Giddens, uno de los más influyentes de los siglos XX y XXI, nos escribe, en su obra Las consecuencias de la modernidad, entre otros asuntos, de la transformación de la identidad en la denominada modernidad tardía. Giddens esgrime, y no le falta razón, que algunos cambios llevan la velocidad del viento; del viento de El Médano, que, digan lo que digan los fanáticos, no es un hálito.
Entre Las consecuencias de la modernidad figura los therian, es decir, una serie de personajes que sienten una identificación profunda -no física, sino interna o espiritual- con un animal específico.
Digamos que esta teoría podría ser una manifestación real y objetiva de una de las máximas canarias más atávicamente compartidas: “El que nace lechón”, hemos esgrimido en esta tierra, “muere cochino”, dando por sentado que -indistintamente del comportamiento del sujeto- algunos personajes, en ésta y en todas las tierras del cosmos, nacieron -en el túnel de los tiempos- con identidad churretosa.
Máxima al margen, difícilmente encontraremos a therian que se hagan pasar por cochinos, porque los therian son therian, pero no son pollabobas, y saben que la vida del cochino tiene una duración muy limitada; la marcada por el nacimiento de un nieto, la boda de un hijo, la aprobación de un examen, el recibimiento de una subvención o el ascenso del Club Deportivo Tenerife. Es decir, cuando hay una razón objetiva para celebrar, el cochino, sin necesidad de que sus ejecutores adjunten sentencia escrita, es vilmente asesinado.
Me parece muy raro, dicho sea de paso, que los animalistas -tan preocupados por los gallos, los escarabajos, las libélulas emperatrices u otras especies- no hayan reparado en la angustia del cochino.
Hago aquí un inciso, con el permiso de todos ustedes, para recordar aquel día en el que mi amigo Don Manuel, el caballero campesino que compartió tantas tardes de radio conmigo y con ustedes, me confesó públicamente que el orgasmo del cochino puede alcanzar los seis minutos de duración; razón, la puta envidia, que determina que el cochino sea martirizado y estigmatizado con insultos como “marrano”, “gorrino” o propiamente “cerdo”.
No sé por qué -y menos manejado aquel dato- los therian, objetos de El Chasnero Today no manifiestan identidad de cochinos, sino otros teriótipos más recurrentes como lobos, perros, coyotes, zorros, dragones, focas, serpientes, osos, tiburones y felinos.
En las notas publicadas por los medios digitales, se puede leer que los médicos advierten de sus riegos, sobre todo de los therian que corren sobre cuatro patas o mantienen posturas prolongadas. Es obvio, digo yo, y no hace falta recurrir a Hipócrates ni a Fleming, que si un tipo se siente perro, lo explica con ladridos inteligibles, entra en Mercadona de cuatro patas y ayuda a su amo en una compra industrial, saldrá del lugar con una brutal hernia fiscal.
Produce estremecimiento, por otra parte, que algún therian manifieste identidad de águila, con lo cual estará amontado fijo en un Binter, tendrá que buscarse la vida en alguna compañía de bajo coste (Ryanair), o, aybibadre, deberá buscar la manera de planear.
Lo cierto es que, en las calles de las principales ciudades españolas, se han multiplicado últimamente las imágenes de adolescentes que, ataviados con máscaras y colas, se desplazan a cuatro patas y saltan y reptan en parques y plazas.
Y la pregunta que yo me hago es cómo consolamos a los padres de los therian. Imaginen a la madre que da a luz a un bello Manolito, y, cuando éste se convierte en universitario y se dispone a leer su tesis doctoral, pega a berrear como una cabra berrenda.
