Hay una lección que en Canarias regresa con la terquedad de la marea: la fragmentación. Es una resaca obstinada que, elección tras elección, golpea nuestras orillas devolviéndonos el mismo paisaje de oportunidades perdidas. No es un fenómeno meteorológico ni una maldición geográfica; es un patrón de desgaste, una erosión silenciosa que ocurre cuando los proyectos políticos confunden el tener la razón con el ser útiles, y la identidad propia con el aislamiento estéril.
En esta tierra de volcanes y alisios, tan diversa como exigente, la aritmética no perdona. Nuestro sistema electoral es un espejo cruel que nos devuelve una realidad incontestable: en democracia no gobierna quien más alto grita sus principios, sino quien es capaz de construir una mayoría. Y las mayorías no se heredan, se conquistan. No basta con proclamarse portador de la esperanza; hace falta sumar, pactar, ceder y, sobre todo, entender el peso del momento histórico. La política, en su expresión más noble, no es un ejercicio de narcisismo, sino un acto de responsabilidad colectiva.
En el espacio progresista canario no faltan ideas. Al contrario, nos sobran causas nobles, talento y una militancia que se deja la piel en cada barrio y en cada isla. Tenemos una historia vibrante de lucha por la vivienda, por salarios que no sean una humillación, por una juventud que no tenga que elegir entre el paro o el aeropuerto, y por servicios públicos que traten con dignidad a nuestra gente.
Sin embargo, a este motor le falta sincronía. Hemos caído en la trampa de creer que la competencia entre proyectos similares es “pluralidad”, cuando en realidad es debilitamiento. En nuestra arquitectura electoral, la dispersión no es una anécdota: es un castigo. Pero ese castigo no lo pagan los partidos en sus sedes; lo paga el país. Cada voto que se pierde en el limbo de los restos electorales, cada escaño que se escapa por un puñado de papeletas, se traduce en una ley que no se aprueba, en un desahucio que no se frena y en un futuro que se pospone. Cuando el progresismo se divide, quien pierde no es una sigla: es la ciudadanía que esperaba una transformación valiente.
Un pacto amplio y generoso no es una renuncia a los principios; es la mayor declaración de madurez que una fuerza política puede ofrecer. Es el gesto heroico de mirar a los ojos al pueblo canario y decirle: “Entendemos lo que está en juego. Canarias es más grande que nuestras banderas y el futuro es más urgente que nuestros nombres”.
La sociedad está exhausta. Hay un cansancio democrático que nace de ver la misma escena repetida en bucle: proyectos hermanos devorándose por un centímetro de protagonismo, mientras otros bloques —más pragmáticos, menos sentimentales y mucho más organizados— pactan en silencio y terminan gobernando. La pregunta que debemos hacernos antes de que se abran las urnas es tan simple como devastadora: ¿Queremos tener la razón en el desierto o queremos transformar nuestra tierra?
Generosidad es una palabra que asusta a los egos. Para alcanzar esta unidad debemos invocar una palabra que suele incomodar en los despachos de los partidos: generosidad. Ella es el filtro que separa a los charlatanes de los estadistas. Un frente amplio solo es posible si nadie llega con el trono bajo el brazo; si nadie confunde la unidad con la absorción; si nadie se siente dueño de un espacio que le pertenece al pueblo, no a un comité central.
Demasiadas primaveras canarias se han marchitado por egos disfrazados de “estrategia política”. Liderazgos que exigían pleitesía antes de tender la mano. Pero el reloj de Canarias ya no marca la hora de los caudillos. Pide humildad. Pide visión. Pide el coraje de reconocer que están llegando voces nuevas, energías frescas y lenguajes que conectan con aquellos que hace tiempo apagaron la televisión. Estas nuevas fuerzas no son una amenaza al statu quo del progresismo; son el oxígeno que necesitamos para no morir de asfixia.
Se trata de construir un hogar común. Si el progresismo aspira a ser mayoría, debe dejar de comportarse como un club privado con derecho de admisión. La sociedad canaria ha cambiado: sus prioridades han mutado y su forma de comunicarse ha evolucionado. Un proyecto que pretenda representar a un archipiélago vivo debe ser capaz de vibrar a su misma frecuencia.
Las fuerzas emergentes aportan algo que no se compra con presupuestos: conexión y frescura. Traen consigo menos mochilas del pasado y más audacia para afrontar los debates incómodos del siglo XXI. La unidad real no consiste en borrar las diferencias, sino en ordenarlas para que remen en la misma dirección. Es una suma que no es solo aritmética, es humana: es la experiencia institucional dándose la mano con la rebeldía de la calle.
Esta reflexión trasciende nuestras costas. En la política estatal, la fragmentación del voto progresista canario es un suicidio táctico. Canarias necesita una voz atronadora en Madrid para negociar financiación, políticas migratorias justas e inversiones en vivienda. En un Congreso donde el destino de un país se decide por un solo voto, presentarse divididos es renunciar a nuestra fuerza. La fragmentación no es una postura ética; es una debilidad práctica que nos condena a la irrelevancia.
El mensaje más potente que una coalición amplia podría enviar no sería una tabla de datos, sino un símbolo moral. Sería la prueba de que hay políticos dispuestos a dar un paso al lado para que el pueblo dé un paso al frente. La gente reconoce y premia la generosidad. Nada moviliza más, nada ilusiona tanto como ver a líderes renunciando a un trozo de foco para ganar un país entero. Ese es el único antídoto contra la abstención, ese enemigo silencioso que solo se vence con esperanza.
El reto de nuestro tiempo no nos pide pureza ideológica absoluta, nos pide utilidad. No nos pide fragmentos de realidad, nos pide un proyecto de vida. No nos pide cálculos pequeños de oficina, nos pide la grandeza de los que saben que la historia no recuerda a los que tuvieron el logotipo más grande, sino a los que tuvieron la visión de unirse cuando todo parecía perdido.
La unidad no se impone, se siembra con respeto. Y si somos capaces de cultivarla, Canarias recogerá la cosecha de justicia y progreso que se le debe desde hace décadas. Es hora de estar a la altura de esta tierra.
