Ya no queda sino la piñata meona del fin de semana para que se acabe uno de los peores acontecimientos del año: el carnaval. Yo me refugio en mi casa para no verlo, y mucho más para no vivirlo, pero ahora comienza el carnaval del Puerto de la Cruz, que es otro suplicio. Lo que ocurre es que mientras la fiesta, por llamarla de alguna manera, de Santa Cruz, se ha embrutecido, la del Puerto es plácida y más minoritaria. Aunque el rizo lo riza Los Cristianos: celebra el carnaval casi al mismo tiempo que el viernes santo, en el colmo del laicismo desnortado. La gente se ha vuelto majareta y la presunta diversión se convierte en tumultos inaguantables. Nada que ver con el famoso y antiguo rabinaje del callejón del Corynto, tan lleno en su día de lujuria y de cachondeo consentido. La mascarita ha muerto para dar paso al disfraz inaguantable, desde un pirata con tenis verdes a una gitana con traje de faralaes y zapatos All Star. Vale todo, porque la chabacanería del carnaval ha sepultado a la propia fiesta y porque hay demasiada gente. Con la mitad valía, a pesar de que existe una legión de tinerfeños que cogen un avión y huyen en esta época del año. Pero, claro, no todos pueden hacerlo. Si pudieran, la isla sería un desierto. En Las Palmas son más sofisticados: un vecino molesto por la escandalera lanzaba el otro día cócteles molotov, o algo parecido, desde su ventana, contra los viandantes, según he leído en alguna parte. El pedazo de animal fue detenido. Bueno, pues la noticia agradable es que el carnaval se acabó ayer oficialmente, aunque reste la propina del fin de semana, cuando la gran meada haya llegado al lago de la Plaza de España, donde los cruceristas meten los ñames y donde los borrachos hacen la excursión. Se acabó.
