La crisis humanitaria que atraviesa Cuba nos duele en el alma. En tiempos, era sentimentalmente canaria, una isla inseparable del Archipiélago en la que nos reconocíamos en América. Estábamos entrelazados como “una acción fantasmagórica a distancia”, aplicada a los fenómenos de la historia. Cuba nos necesita, y nos está llamando a los canarios. Tenemos que ayudarla como sea. Le debemos tanto…
En los albores de la guerra descabellada de Irán, Trump no tardó en desviar la atención de los primeros reveses de Oriente Medio promocionando su próxima ‘proeza’ en Cuba, una víctima propiciatoria bajo estado de inanición. Humillado por los iraníes, que eligieron sucesor al hijo de Jamenei, ejecutado el primer día, el matón deprimido reactiva la ‘venezolanización’ de Cuba con todo el desprecio del mundo. Estaba reunido con los presidentes lacayos de Latinoamérica y fue sincero: “No voy a aprender su maldito idioma”, les espetó, aún con el recuerdo de Bud Bunny en la Super Bowl.
El historiador Julio Hernández solía reflejar con una sola frase el respeto con que se le cedía la acera al que venía de Cuba: “Pase usted, que estuvo en La Habana”. En febrero, el indiano palmero regresaba de una isla quimérica. Ahora Cuba se apaga con el cierre del grifo petrolero de Venezuela. Trump es otro caso ‘fantasmagórico’ como en la cita de Einstein. Es un político derruido, con el arancelazo hecho añicos y los misiles al albur de Irán.
En la génesis de la revolución cubana contra Batista, el villero Paco González Casanova enviaba desde Tenerife medicamentos a los guerrilleros por iniciativa propia. Cuba es una cuna de descendientes de canarios, como Canarias hoy acoge a los cubanos del éxodo. Cada viaje era un encuentro con paisanos. Pedro Lezcano les recitaba ‘La maleta’ (“de madera,/la que mi abuelo se llevó a La Habana,/mi padre a Venezuela”) y yo los veía llorando con añoranza.
El ‘pintor de los gallos’, Mariano Rodríguez, de la generación de Lezama Lima, nos contó a mi hermano Martín y a mí, en la Casa de las Américas, que no quería irse de este mundo si volver a pasear por Santa Cruz. Poco después, nos llamó por teléfono: “Estoy aquí, en un hotelito de la calle del Castillo.” Cuando regresó a Cuba, murió.
De noche, en el Vedado, en la sede del ICAP, Fidel se reunió con un grupo de tinerfeños. Vestido de verde oliva, nos contó en aquella velada que su madre, Lina Ruz, era de origen canario, y que en Cuba se nos llamaba ‘isleños’ en honor al carácter fuerte que se nos atribuye. “A mí a veces me sale el isleño”, se congratulaba entre bocanadas de humo cuando aún fumaba. Una de esas veces fue en octubre del 62, en la crisis de los misiles. Al Comandante le salió el ’isleño’, entró como un basilisco en la embajada soviética, convencido de que la invasión yanqui era inminente, y perdió la cabeza, pidió por carta a Kruschef que, llegado el caso, apretara el botón nuclear contra el imperio.
La Unicef le reconocía haber puesto fin a la desnutrición infantil. Pero hoy quedan atrás los llamados “logros de la Revolución”. En una ocasión le hicimos una entrevista larga. Había recibido a John Kennedy Jr., hijo de JFK. Entonces, comenzó a hacer revelaciones. Estaba agradecido al padre, porque renunció a bombardear Cuba en 1961, en el fallido desembarco de Bahía de Cochinos. Y sentía debilidad por Clinton, de quien se consideraba amigo: “Nos telefoneamos a menudo y nos hacemos confidencias”, dijo, a sabiendas de que quiso, pero no pudo quitarle el embargo, que ahora Trump festeja como un arma de guerra.
Hoy la ’perla de las Antillas’ está irreconocible. La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier y Eusebio Leal, Patrimonio Mundial, es una Habana de brazos caídos. Son las calles de Hemingway sin vida ni luz. En ausencia de Mauricio Vicent, cabe recordar sus crónicas en El País del período especial de los 90, con el ‘maleconazo’, cuando la URSS se vino abajo y los cubanos se quedaron sin el sostén exterior, como ahora sin el crudo de Venezuela.
En la resaca de la pandemia, la gente se echaba a la calle clamando por vacunas, harta de muertos por COVID en lugares que lo llevaban puesto en el nombre, como Matanzas, fundada por canarios. Ese estallido social, en Cuba como en Irán, es el que Trump invoca como un poseído.
Sin apenas medicinas, Cuba se parece al Che Guevara, en las últimas, bajando de las montañas de Bolivia a requisar las farmacias, asfixiado, sin broncodilatadores para el asma, hasta caer en la emboscada que le llevó frente al sargento Terán, el joven militar encargado de fusilarlo en una escuela apartada. Cuba está como el Che, asfixiada. Cuando el sargento se mareó en su presencia, el Che lo miró a los ojos y le dijo: “¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!” Cerró los ojos y disparó.
A Cuba ahora le persigue la historia: teme sufrir el tiro de gracia. Pero nos está llamando. Y tenemos que ayudarla.

