Hace tiempo escuché a unos señores sentados en un banco decir con total naturalidad: “Aquí, viendo la vida pasar”. Lo dijeron sin dramatismo, casi como quien comenta el tiempo. Y aquella frase, tan sencilla, se me quedó dentro. Ver la vida pasar. Como si no fuera algo que nos está ocurriendo ahora mismo. Como si los días transcurrieran delante de nosotros y no dentro. Como si vivir fuera cumplir, esperar, mantenerse en lo de siempre mientras algo -no se sabe bien qué- termina de empezar. Esa frase me volvió a la mente esta mañana, escuchando la radio en el coche. Oí a una doctora que hablaba desde su experiencia acompañando a personas en sus últimos días. Decía que casi nunca aparecen los errores como gran preocupación. No es el “me equivoqué”. Es el “no me atreví”: no haber sido más decidido, no haber dado el paso cuando todavía se podía. Las dos escenas encajan más de lo que parece. No es el error lo que pesa. Es la inercia. Es el tiempo vivido en modo espera. Es haber estado presentes sin estar realmente implicados. Equivocarse nos hemos equivocado todos, y con el tiempo los errores encuentran su sitio. Se explican, se asumen, incluso se agradecen. Forman parte del proceso. Te caes porque avanzas. Rectificas porque lo intentaste. Hay algo digno en eso. Lo que es más difícil de colocar es lo que no hicimos. Postergamos decisiones pensando que somos eternos, como si el tiempo estuviera garantizado. Nos comportamos como si siempre hubiera un después para lo que hoy no nos atrevemos a hacer. Vivimos ocupados, resolviendo lo urgente, cumpliendo, respondiendo, y apenas nos detenemos a preguntarnos si lo que sostenemos sigue teniendo sentido. No es solo el ritmo; también es nuestra manera de habitarlo. Elegimos no mirar demasiado hondo para no tener que cambiar nada. Ver la vida pasar es cómodo. No exige demasiado. Basta con mantenerse en el carril, no alterar el orden, no incomodar. Y así los meses se suman con eficacia. Pero lo que no se intenta no deja cicatriz. Deja algo esencial a medio usar. Tal vez no se trata de transformarlo todo por completo, sino de dejar de delegarlo. De no esperar a que las circunstancias nos empujen ni a que el contexto sea perfecto. De asumir que incluso en medio del día a día seguimos teniendo margen para elegir. No siempre podremos cambiar lo que ocurre, pero sí la postura desde la que lo asumimos. La vida no es un expediente que haya que completar correctamente ni un trámite que se firma al final del mes. La vida se decide en lo cotidiano, en lo pequeño, en esos momentos en los que dejamos de aplazar lo que sabemos que importa. No hace falta heroísmo, pero sí determinación. Porque el tiempo no se contempla: se usa.
