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El chino y el padre Cubillo

Contaba Cubillo una anécdota de su amigo Martín Tabares de Nava, que era un tipo muy ocurrente. Una vez, paseando ambos por Nueva York, por la Quinta Avenida, Martín se cruzó con un chino mandarín que venía de frente, dando saltitos. No se le ocurrió otra cosa que agarrar la cabeza del chino, girársela hacia el que tenía al lado y preguntar: “¿Da algo para el Domund?”. No sé si el gesto, de vacilón, de Martín, estaría tipificado por los sociatas cursis de hoy como un delito de odio, o cualquier otra zarandaja, pero entonces no. El domingo del Domund, que tenía lugar una vez al año, la Iglesia Católica colocaba en las puertas de los templos a un chino de cartón con una ranura en la cabeza por la que se metían los donativos que se destinaban a la labor evangelizadora de la institución religiosa. Antonio Cubillo contaba cosas muy divertidas, como cuando regó de chinchetas las carreteras de Tenerife, durante una Vuelta Ciclista a España que comenzó en la isla, y pinchó las ruedas de los corredores. Otras cosas que hizo no tenían gracia alguna, también hay que decirlo. Pero de las malas hablé sobradamente en su momento. Cuando lo indemnizó la administración española, por mandato judicial, años después del atentado de Argel que le seccionó la médula, Cubillo no invitó ni a un cortado a sus compañeros del programa El Perenquén de Canal 7. Allí nos contó la anécdota de lo que ocurrió en el hospital de Argel donde lo llevaron, tras ser apuñalado. Llegó muy malherido y necesitaba sangre de su grupo. En consultas había un cura francés, el padre Blanch, con gripe. Y el cura tenía el mismo grupo sanguíneo que el herido. Casi lo dejan seco para salvar a Antonio. Cuando nos dirigíamos a él lo hacíamos como “padre Cubillo”. No le faltaba sino cantar misa.

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